—Debieras presumirlo, cuando menos.

—¿De manera que estamos como estábamos?

—Así lo quieres tú y así sucede... ¡y así sucederá, mientras los hombres no lleven, como yo, la conciencia en la palma de la mano, y escritos en la frente sus pensamientos!

—Todo eso me huele, Juan, á que has dado suelta á los tuyos, y te andan á calabazadas en la mollera. ¡Que nada te aprovechen los escarmientos y nada te enseñe la experiencia!...

—Tienes razón, Pedro: nada me enseña la experiencia... ¡tanto me cuesta creer en la falsedad de los hombres! ¡Y cuánto disgusto me ahorrara si más escarmentado fuera: si de una vez para siempre cortara por lo sano é hiciera un deslinde en el campo de ciertas intimidades!

—Como la nuestra, ¿no es eso? Mira, Juan: el pensar á voces, como tú piensas y quieres que piensen los demás, tiene la contra, amén de otras muchas, de que se hacen públicos los pensamientos ruines, como esos que, por las trazas, me consagras ahora. Por fortuna, te conozco muy á fondo; y, porque te conozco así, te los perdono, sin usar del derecho que me das, pensando mal de mí, para preguntarte por la causa de ello. ¡Qué hermoso manicomio fuera el mundo, tan lleno de hombres aprensivos, si todos pensáramos á voces, como tú lo deseas!... Pero dejemos esto ahora.

—No he de dejarlo, ¡vive Dios! que me interesa mucho ponerlo en claro.

—Corriente, Juan; pero como yo no he venido á tratar de ese punto, aplázalo siquiera hasta que yo te diga á qué vine; y, entre tanto, piensa de mí cuantas maldades quieras.

Esto dicho por don Pedro Mortera, detuvo á su amigo que por delante de él pasaba muy agitado; asióle del brazo y le introdujo en el gabinete; á todo lo cual se prestó el jurisconsulto como una máquina, pero una máquina cargada de pólvora y erizada de mechas encendidas entre espinas de acero. Cuando estuvieron encerrados los dos compadres, dijo de muy mala gana don Juan de Prezanes, continuando allí sus paseos:

—¿Á qué tantos misterios? ¿Qué es lo que tienes que decirme?