—Que merecías que no te lo dijera, por obcecado y cascarrabias,—respondió don Pedro Mortera.
—¿Puedes decirme á qué has venido, sin provocar nuevos altercados?—repuso don Juan, desentendiéndose de la chanza de su amigo.
—He venido—respondió don Pedro,—á pedirte la mano de Ana para mi hijo Pablo.
No es dado á la rudeza de mis pinceles pintar con exacto parecido la impresión que estas palabras causaron en el jurisconsulto de Cumbrales. El corazón, el cerebro, los nervios, cuanto en su sér había de inteligente y sensible, se conmovió al mismo tiempo por muchos y diversos modos. Lo inesperado del caso; la vehemencia de su amor á Ana; las prendas de Pablo, á quien quería como á un hijo; la alegría reflejada en el noble rostro de su compadre; las ruines sospechas con que él le ultrajaba un momento antes; el inmenso beneficio con que le brindaba el enemigo supuesto, y la mal probada lealtad de los amigos que con tan negros colores se le pintaban; la inquebrantable entereza del uno; las sospechosas veleidades de los otros; lo que le estaba pasando entonces; lo que le había pasado toda su vida; su soledad de siempre; el abrigo y el amor de una familia para en adelante, cuando el frío de la vejez le amenazaba con sus rigores y sus tristezas... ¿quién sabe lo que aquel hombre vió en un solo instante, á la luz de un relámpago de su cerebro tempestuoso!
Tembló de pies á cabeza; pensó que le faltaba suelo donde pisar, ó que el techo se le desplomaba encima; trocóse la fiereza de su semblante en mansa dulzura, y apenas halló voz en su garganta para decir á su amigo, volviéndose hacia él rápidamente:
—Á ver, hombre... á ver... Hazme el favor de repetirme las... eso, ¡eso que me has dicho!
Sonrióse don Pedro, que estudiaba grado á grado la transformación de su compadre, y le complació así:
—Que te pido la mano de tu hija Ana para mi hijo Pablo.
—Jesús, María y José!
—¿Tanto te asombra la pretensión, Juan?... ¿Es posible que jamás te haya pasado esa idea por las mientes?