—Jurara que no, Pedro... y no porque el caso esté fuera de lo natural y hacedero, y no sea, además, bueno y conveniente para todos... quizá, si me apuras, sea Pablo el único hombre que yo juzgue digno de ser el marido de Ana; pero está mi vida tan empapada en disgustos y contrariedades; estoy tan avezado á la obscuridad de las penas y á los quebrantos del espíritu, que ni soñando ven mis ojos cuadros de color de rosa. Así es que ahora, con eso que me dices, tan de improviso, tan de repente, tan inesperado y en tan especial ocasión, parece que salgo de una pesadilla horrenda y entro en la vida regular de los hombres libres y de los padres venturosos... ¡Ay, Pedro!... ¡Dios os lo pague!
Y aquel desdichado, siervo del más tirano de los temperamentos, y condenado al suplicio de arrastrar su corazón por todas las asperezas de la vida, lloraba como un niño.
—¡Qué demonches, hombre!—decía, entre puchero y puchero, á su amigo, que le contemplaba con cariñoso interés:—¡mire usted que es raro este efecto que me ha causado la noticia!... Te extrañará mucho, ¿no es verdad, Pedro?... Nada, somos así, y perdona la debilidad... Pues mira, hombre, me hace mucho bien acá dentro esta sacudida. Y dime, ¿qué piensan ellos del proyecto?... ¿están de acuerdo?
—¡No han de estarlo?
—¡Picaronazos!... Pero ¿de cuándo acá, hombre?
—Sospecho que desde que eran así de chiquitines.
—¿Y no se han acordado hasta ahora de decirlo?
—Por las trazas, no han caído en ello hasta ahora. Hoy me lo ha declarado Pablo, y hoy te lo cuento á tí.
—Y ¿qué dice tu mujer á eso?... ¿Qué dice María?
—Lo que digo yo; lo que piensas tú: que si á ellos no se les hubiera ocurrido, debiera ocurrírsenos á nosotros.