—¿Se te ocurrió alguna vez á tí, Pedro?

—¡Yo lo creo, Juan!

—Y ¿por qué no lo dijiste?

—Porque prefería que se anticiparan ellos, como se han anticipado.

—¿Y si no se anticipaban?

—Están en la flor de la juventud, y había mucho tiempo por delante.

—¡Para tí, que eres feliz; no para mí, que corre siempre lleno de pesadumbres!

—¿Esperas que este suceso te libre de ellas?

—De muchas sí, Pedro. La soledad fué siempre el mayor de mis males, no lo dudes. Yo hubiera sido otro hombre con la casa llena de familia y la conciencia cargada de obligaciones. La de no hacer desgraciada á mi mujer fué freno que domó los ímpetus de mi temperamento; y el amor y la abnegación con que ella pagaba el sacrificio, llegaron á hacerme hasta venturoso. La muerte me arrebató este bien cuando empezaba á saborearle... y volví á verme solo.

—¡Solo!... ¿Y tu hija, hombre de Dios?