—Precisamente nace el mayor de mis tormentos del celo heróico con que está consagrada á mí; porque ¿qué derecho tengo yo para echar sobre sus hombros la misma cruz que le tocó en suerte á su madre? ¡Vivir por ella, mirarse en sus ojos, y hacerla desgraciada! ¿Habrá tortura mayor para el corazón de un padre? Y si hoy en la noticia que me traes columbro yo la dicha de Ana para el resto de sus días, ¿qué mucho que en esa visión se deslumbre mi alma, y lo publiquen sin reparo mis ojos y mi lengua?

Trémulo estaba entonces don Juan de Prezanes, y gruesos lagrimones le corrían por la pálida faz. Mirábale conmovido su compadre, y le dijo:

—¿Te parece bien que hables del caso á tu hija estando yo delante?

—¡Vaya si me parece!... y va á ser ahora mismo.

Salió, diciendo esto, y llamó á Ana desde la puerta. No debía andar muy lejos ni muy ajena á lo que se trataba en el gabinete de su padre, porque llegó á él en seguida y muy turbada. La enteró éste de lo que ocurría, y se turbó más; pero se repuso pronto, porque no era su turbación hija de lo inesperado ni de lo desagradable. Respondió serena al obligado interrogatorio á que se la sometió, y aun traspuso los ordinarios límites, dando un poco de suelta á su corazón, alentada por el regocijo que leía en la cara de su padre. Después dijo así, volviendo á ser dueña de su genio alegre y travieso:

—Bien está todo; pero le falta la salsa que ha de hacerlo más sabroso; y esta salsa—añadió encarándose con su padrino,—va á ser de cuenta de usted.

—Pues tenla por segura—respondió don Pedro muy risueño,—si es cosa hacedera en mi cocina.

—¡Vaya si lo es!—repuso Ana.—Pero así y todo, mírese usted mucho antes de comprometerse.

—Hija mía—dijo don Pedro fingiéndose más preocupado de lo que estaba:—me vas metiendo en cuidado, ¿Qué demonio de salsa puede ser esa?

—Oiga usted la receta... pero á condición de que si, como usted dijo, es hacedera, no ha de faltar en mi boda. ¿Se acepta la condición?