—¿Y si no la acepto?—preguntó á su vez don Pedro.

—Si usted no lo acepta—respondió Ana muy seria,—no hay boda.

—¡Demonio!—exclamaron aquí los dos compadres; y añadió don Pedro:—Á tales amenazas, hija mía, no hay otro remedio que ceder. Con que venga la receta.

—Pues la salsa de mi boda—dijo entonces Ana,—ha de ser la boda de María.

Esta vez fué don Pedro Mortera quien se quedó hecho una estatua, mientras don Juan de Prezanes, entre curioso y admirado, le contemplaba con las cejas muy levantadas, la boca entreabierta y las manos cruzadas atrás.

—¡La boda de María!—repitió don Pedro sin salir de su sorpresa.—Pero ¿cómo?... ¿con quién?

—Con un novio que tiene... ¡y muy apuesto y muy guapo!

—¡María un novio! ¿Desde cuándo, mujer?

—Hace más de dos años, padrino.

—¡Y sin saber yo una palabra!... ¡Imposible!