Soltó aquí la carcajada don Juan de Prezanes, y dijo á su compadre:

—Á la zorra, candilazo... ¿Pensabas ser en tu casa más lince que yo en la mía? Pues chúpate esa.

—¡Qué lince ni qué demonio, hombre! si todo esto es una broma de tu hija. ¿No es verdad, Ana?

—No, señor, que es la pura verdad,—respondió ésta muy seria; y á continuación refirió cuanto el lector sabe del caso, pero sin decir quién era el padre del mancebo de la villa.

Asombrábase cada vez más don Pedro Mortera, y dijo al terminar Ana su relato:

—Pues si tan honrado, tan bello y tan rico es el pretendiente, ¿por qué tiene mi hija por imposible mi consentimiento?

—¡Pues ahí verá usted!... ¡Como si el reparo fuera cosa del otro jueves!

—Pero ¿qué reparo es ese, Ana?... ¡Acaba, por Dios, de una vez!

—Las pocas simpatías que hay entre usted y el padre del novio... ¡Como si los hijos tuvieran la culpa de las flaquezas de los padres!

—Apostamos algo á que... ¿Quién es ese padre, Ana?