—Don Rodrigo Calderetas.
Al oir esto, se santiguó don Juan de Prezanes y volvió la cara para que su compadre no le viera reirse.
—¡Justo!... ¡lo que yo iba sospechando!—exclamó don Pedro Mortera apretando los puños.—Pero ¿qué demonio ha hilado esta madeja en que me estáis enredando? y, sobre todo, y aun suponiendo que yo fuera capaz de ser consuegro de un hombre semejante; que yo olvidara lo que olvidar no puedo; que yo no viera lo que tengo delante de los ojos, ¿qué hay aquí hasta ahora sino el antojo de dos mozuelos? ¿qué pasos se han dado ante mí para que yo, sin desautorizarme, pueda... ni siquiera darme por entendido de lo que ocurre?... ¿Ó se trata de humillarme hasta el punto de que yo vaya á ofrecer mi hija al mequetrefe que la galantea, quizá por pasatiempo?
—En todo eso se ha pensado, padrino—respondió Ana con la más hechicera gravedad,—y todo está de manera que sólo falta el consentimiento de usted.
—Y ¿quién lo ha arreglado así, señora medianera?—preguntó don Pedro, que á duras penas contenía la risa á que le incitaba la cómica seriedad de su ahijada.
—Yo—respondió ésta.
—¡Ave María Purísima!
Don Juan de Prezanes no pudo más aquí, y soltó una carcajada que duró un buen rato.
—¡Te digo—exclamó después,—que es el mismo demonio esta muchacha!
—Pues el asunto es más serio de lo que parece, ¡caramba!—dijo don Pedro, verdaderamente alarmado.—Á ver, Ana, á ver... ¡Dime, con toda formalidad, lo que has hecho; qué lío es ese en que me habéis metido!