—No hay tal lío, padrino, sino la cosa más natural del mundo. Previendo yo lo que sucede, y compadecida de la situación de María, la aconsejé que aceptara la oferta que su novio la había hecho de hablar del caso á su padre. Si en éste hallaba oposición, ¿á qué seguir adelante? y si, por el contrario, le parecía bien, ¿por qué ocultárselo á usted? Pues habló el pretendiente; y como halló buena acogida en su padre, que no se atreve á dar ese paso que usted echa de menos, porque teme ser mal recibido, y como yo sé todo esto porque debía saberlo, á usted se lo cuento ahora. ¿Hay nada más natural... ni mejor conducido, aunque no debiera decirlo yo? Además—añadió Ana, viendo que su padrino se paseaba inquieto y cabizbajo, sin replicar una palabra, y que la incitaba su padre con los ojos á continuar el asedio:—no es sólo el bien de María lo que me ha movido á echar sobre mí el empeño de arreglar este asunto. Tiene él más alcance de lo que parece. Usted y mi padre andan siempre á la greña porque mi padre se mete más de lo que debiera en esos enredos que arman el barón de Siete-Suelas, el marqués de la Cuérniga y otros tales que de eso viven, y está á matar con don Rodrigo Calderetas, porque don Rodrigo Calderetas también se mete en esto mismo... y en otro tanto más. Es de creer que cuando usted y mi padrino sean todos unos, por... por eso que se ha arreglado hoy, mi padre tire más para los suyos que para los ajenos, y se acabe entre usted y él ese motivo tan viejo de discordias y desazones. Pues que se casa María con el hijo de don Rodrigo Calderetas, buen señor, por lo demás, y amigo de usted en otro tiempo: cátele usted ya de la familia y poniendo sus muchas influencias en el fondo común, para bien de estas pobres gentes, y á los barones y marqueses en manos de Asaduras, que es lo mismo que decir que no volverá á saberse de ellos en diez leguas á la redonda de Cumbrales. ¿Le parece á usted, padrino, de poca importancia el casamiento de María, aunque sólo se le mire por este lado?
Continuaba paseando don Pedro, mirábale anheloso don Juan, y también quedaron sin respuesta estos razonamientos de Ana, que estaba muy lejos de chancearse al exponerlos. ¿Labraron algo en el ánimo de don Pedro Mortera? No pudo saberse por entonces, porque Ana no consiguió arrancar á su padrino otras palabras que éstas, dichas al despedirse poco después:
—Hija mía, la salsa que te he ofrecido lleva demasiada sal y pimienta para comprometerme yo desde ahora á preparártela; pero con esa salsa ó sin ella, no faltará Dios de tus bodas, ni María dejará de ser tan feliz como merezca serlo.
—Envíame á Pablo en seguida,—le dijo don Juan de Prezanes, despidiéndole con un abrazo en la puerta de la escalera.
Cuando volvió á la sala, dió otro más apretado á su hija que le esperaba allí. ¡Cuánto le dijo en aquella caricia, con las lágrimas de sus ojos y los latidos de su corazón!
—¿Cree usted que va vencido?—le preguntó Ana, secándose las mejillas cuando la emoción la permitió hablar.
—¡Y cómo no, hija mía, en una causa tan injusta como la suya, y con un enemigo como tú?
Tres días después de estas ocurrencias recibió don Juan de Prezanes la visita de don Rodrigo Calderetas.
Era este personaje no muy alto, bien contorneado, aparatoso de traje y apostura, de blanca tez, teñido bigote, muy afeitado el resto de la barba, tersas, pulcras y cerradas tirillas, y gran cadena de reló.