Iba de casa de don Pedro Mortera, y le preguntó su amigo don Juan, apenas le hubo saludado:
—¿Y el asunto?
—Como era de esperarse—respondió la «gran persona;»—porque no vine yo á ofrecer ninguna puñalada al señor don Pedro Mortera, amigo mío.
—Lo sé muy bien, señor don Rodrigo; pero como no andaban ustedes en la mejor armonía, bien pudiera haber surgido alguna dificultad...
—Efectivamente; pero cuando se trata del bien de los hijos... ¡Mostró el mío tal empeño en que se diera este paso!... Cierto que don Pedro es una persona apreciabilísima, respetable y de gran posición; que su hija es bella y digna, en todos conceptos, de un esposo como el que yo la he ofrecido y ella ha aceptado, con regocijo de toda su familia; regocijo que yo juzgo sincero y cordial, no menos que la cortés acogida que me ha hecho mi antiguo amigo... aunque hubiera querido yo verle un poco más expansivo, más... en fin, como en otro tiempo; pero ¡ya se ve! hay que aparentar cierto... pues; porque el puntillo... Esto no obsta para que yo me prometa grandes ventajas para todos de esta alianza entre dos familias tan importantes, ó mejor dicho, entre tres, puesto que, según acaba de decírseme allí, el joven Pablo, hermano de María, se casa con la hija de usted... por lo que le felicito con toda cordialidad; de manera que este doble enlace nos une á usted, á don Pedro y á mí, íntima y estrechamente... Y á propósito: ¿conserva usted cierta carta que le escribí pocos días hace?
Sonrióse don Juan de Prezanes, y respondió:
—No le apene ese cuidado, que yo nunca archivo documentos de esa especie... por lo que pueda suceder.
—Aplaudo la previsión—repuso don Rodrigo;—pero no entienda usted por mi pregunta que estuviera yo alarmado ni mucho menos; aunque creo recordar que apunté en esa carta ciertas sospechas que yo tenía del señor don Pedro... Ya se ve: ¡se ensartan á veces de tal manera los sucesos! ¡parecen tan fehacientes los informes! ¡apremian de tal modo las circunstancias! ¡llegan á tan alto mis conexiones políticas! ¡solicitan mi cooperación fuerzas tan egregias y tan invencibles, y soy yo tan caballero, señor don Juan, tan caballero!... Por otra parte, este don Pedro Mortera ¡tiene un carácter tan inflexible, tan apegado á sus convicciones, tan refractario á los procedimientos usuales en estas manifestaciones del nuevo sistema político que gloriosamente nos rige!... En fin, él se entenderá. Á usted ¿qué le parece?
—Paréceme, señor don Rodrigo—respondió don Juan sin ambajes,—que le ha sobrado la razón á mi compadre siempre que se ha resistido á aliarse á nosotros para luchar en el poco limpio terreno á que le hemos llamado; porque, sean cuales fueren las ventajas del sistema nuevo, sistema que ni usted ni yo hemos tenido en cuenta para maldita de Dios la cosa al lanzarnos á las luchas de que se trata, ni él discute ni ha discutido jamás, es lo cierto que el papel que hacemos nosotros agitando estos pueblos y ensañándonos, por satisfacer míseras venganzas, en infelices desvalidos, sólo porque triunfe (digámoslo aquí donde nadie nos oye) un aventurero farsante y desagradecido, como el marqués de la Cuérniga ó el barón de Siete-Suelas, es mucho menos honroso que el de mi compadre metido en su concha y resistiéndose á ayudarnos en esta obra... verdaderamente inicua; creo, en fin, señor don Rodrigo, que, por este lado, la cuenta que haya de dar á Dios nuestro amigo, será mucho más corta que la nuestra.
—Pshe... mirada la cuestión desde ese punto de vista... pero considerando que son males corrientes, más diré, indispensables, y que, si nosotros no los causamos, alguien los ha de causar, la cosa cambia mucho de aspecto.