—El mal, señor don Rodrigo, mal es siempre y donde quiera; y causarle, jamás será obrar bien. Nosotros le causamos muy á menudo, ergo...

—Y pensando así, ¿cómo está usted siempre á mi lado y enfrente de su amigo?

—Por el condenado amor propio, por el tesón, por la soberbia, que ofuscan y enloquecen; por lo que se llama sostener la bandera... por estar demasiado hecho á esa moral de sofismas y acomodamientos. Pero esto no impide que, cuando pasa la fiebre, luzca la verdad en mi razón y diga yo lo que siento, como lo digo ahora. ¡Ay, don Rodrigo, cuánto ganaríamos usted y yo en la opinión pública y en reposo y en tranquilidad de conciencia, si desde ahora nos resolviéramos á dar un puntapié á las aspiraciones de algunos caballeros como el que fué causa de ciertos párrafos de esa carta de usted; de la tempestad que éstos levantaron en mi corazón, y del riesgo á que me expusieron; y, unidos los tres, nos consagráramos á hacer el bien de estas gentes mientras se presentaba un hombre honrado que tomara, á la fuerza, el cargo penoso que tantos vividores solicitan! No creo que éste hiciera por sí solo grandes cosas allá arriba; pero tampoco haría daño, que es bastante hacer; viviríamos aquí en paz, y, sobre todo, nosotros habríamos cumplido con nuestra obligación. Hablo, señor don Rodrigo, con la autoridad de mis desengaños, y, como quien dice, con el pensamiento de nuestro ya más que amigo, don Pedro Mortera. ¡Dichoso él que ha tenido fuerza de voluntad bastante para no poner nunca en contradicción sus obras con sus ideas!

—Á la cuenta, señor don Juan, está usted muy dispuesto á pasarse á los reales de su amigo y consuegro... si es que no se ha pasado ya.

—Cosa es, don Rodrigo, á que no puedo responder en este instante; pero, visto lo que ocurre, ni á usted ni á mí nos estará ya muy bien reñir con él y acariciar á Asaduras, que pretende...

—Sí, sí... ya recuerdo. La pretensión es grave, ciertamente, y parecería mal... pero se me ha puesto en el caso de luchar á todo trance... ¡y como soy tan caballero!... Por eso se lo indiqué á usted para que le sirviera de gobierno; que, por lo demás... ¡Esta influencia desdichada de que estoy revestido!... Créame usted, señor don Juan, que daría lo que no es decible por ser un personaje obscuro... En fin, el asunto es de meditarse, y veremos de conducirle de manera que yo no falte á lo que debo á mis compromisos ni á lo que exigen, de un caballero como yo, las nuevas circunstancias que me ligan con ustedes.

Poco más se habló entonces entre don Rodrigo Calderetas y don Juan de Prezanes. Despidiéronse con más cortesía que afecto; montó la gran persona en el caballejo que le había traído, flaco y peludo, pero con mucha placa y majos pespuntes en los arreos; agachó la cabeza al salir de la portalada, aunque ni con vara y media llegaba su reluciente sombrero á la viga que servía de dintel, y arreó hacia la villa por la calleja inmediata.


Al día siguiente dijo Pablo á Nisco:

—Me caso con Ana.