—Vamos, con un caballero fino y pudiente... Tal para cual, como el otro que dijo... El oro con la seda. Eso debe de ser, por lo visto... Pues por muchos años, Pablo; y si otra cosa no mandas por ahora...
—Vete con Dios, Nisco, y anímete el ejemplo.
—¿Á qué, Pablo?
—Á casarte con Catalina.
—Es verdad; tal para cual: esa es la ley. ¡Ojalá no se faltara nunca á ella... ni con el pensamiento!
—Bien te la prediqué un día, y te atufaste.
—Era hablar por hablar... ¿Y nosotros, por eso, tan amigos como siempre?
—¿Y cuál es eso?
—Eso es, Pablo, el casarte tú ahora.
—¡Qué bolonio eres, hombre!: más amigos que nunca; y á cuenta de ello, démonos un abrazo... ¡Aprieta, Nisco!... ¡Qué demonches! tienes la mano fría y la cara algo pálida.