—¿Por qué no se hace respetar?

—Porque primero es lo otro: pa eso es de Cumbrales.

—Y vusotros, ¿de ónde sois entonces?

—¿Por qué es la pregunta?

—Porque debiérais estar ayudando á los vuestros, y no escondidos como liebres en este ujero.

—Se ha convenido allá, en vista de que ni la Josticia ni el señor cura ni don Valentín ni don Pedro Mortera pueden con aquello, en que andan en el ajo manos que no son vistas de ojos corporales... y á eso venimos.

—¿Á qué?

—Á que vaya á deshacerlo el mesmo demonio que lo amañó.

La pobre anciana, que había cobrado algunas fuerzas de espíritu en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba la voz, se desalentó mucho al oir la última respuesta de éste y al notar cierta resolución en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo, sacar el posible partido del miedo que inspiraba su mala fama, y preguntó al hombre que hablaba, con sus remedos de hechicera de teatro:

—Y ¿quién es ese demonio?