—Usté lo es.
—¡Yo?... Pedazo de bruto, si yo fuera el demonio, ¿no estuviérais ya asados los cuatro, en pena del mal querer que aquí vos trae?
Miráronse los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por qué consideración. Uno de ellos, acaso el más bruto, se aventuró á decir:
—No alcanza tanto el poder de usté, aunque mucho sea para hacer mal.
—Pues entonces, almas de Dios, ¿á qué venís aquí?
—Á que vaya usté á deshacer aquello.
—¿Cómo he de deshacerlo?
—Con el conjuro que mejor le cuadre.
—¡Jesús me valga!—clamó entonces la pobre vieja,—¿por qué me habrá nacido á mí esta fama tan negra y desdichada!
Probó la exclamación que la Rámila perdía terreno; envalentonáronse los otros al notarlo; acercáronse más á ella, y gritó uno en tono amenazante y descompuesto: