—Tan cierto como estamos aquí los dos, frente á frente.

—Repito que es falso, señor don Valentín... y si no lo es, quiero que lo sea. ¿Me entiende usted? ¿Me entiende usted, espíritu diabólico y tentador?

—¡Pero, señor don Juan!...

—¡Vaya usted al demonio! Lárguese usted de aquí cuanto antes, y déjeme en paz, ¡si esto es ya posible!

Y salió don Valentín, que no podía con el peso de tantas contrariedades ni con el del morrión que le abrumaba.

Quedóse solo otra vez don Juan de Prezanes; y quedándose solo, comenzó por quitarse el sombrero, que ya se había puesto para ir á buscar á su hija cuando entró don Valentín, y por arrojarle sobre la mesa. Después, con las manos en los bolsillos, echó á andar, á andar por el cuarto, de aquí para allí, y, por último, se enredó en la siguiente maraña de reflexiones, sin dejar de moverse como un azogado:

—Que vengan á decirme ahora que esto es una ofuscación de mi genio impresionable y feroz. Que venga el hombre de más paciencia... que venga Job en persona; que se coloque en mi lugar, y á ver cómo se las arregla; á ver qué cara pone cuando le larguen por la espalda una puñalada así. Que no se pase un día sin que el mejor de sus amigos... ¡amigo!... le dé un alfilerazo, y celebren y aplaudan la gracia hasta sus propios hijos; que responda á esas provocaciones y á esas burlas ahogando su dolor y su pesadumbre con una prudencia heróica; que gentes de todas cataduras le digan una y otra vez: «ese amigo no es cosa buena y te quiere mal;» que se indisponga con todas esas gentes por defender el honor del falso amigo, es decir, que pague con caricias sus bofetones; que los vínculos de amistad lleguen á ser de parentesco; que busquen al santo Job y le mimen y le halaguen; que cuando más confiado se entregue á los halagos y á los mimos, sienta otra vez en sus carnes las heridas alevosas, y vea el arma sutil en la mano que le acaricia; que se resigne y calle todavía, aunque, tras de ofendido, oiga que le murmuran por violento é intolerable; que tenga, en fin, la evidencia de que el amigo, á sangre fría, con premeditación y en medio de la plaza pública, como quien dice, le llama á boca llena mentecato, y le juzga digno de ser encerrado en una jaula de locos... y á ver si Job no acaba por darse á todos los demonios y por buscar al falso amigo y armar un escándalo que sirva de ejemplo á todos los oprimidos, y de escarmiento á todos los hipócritas... Pues yo, el irascible, el insoportable, tengo más paciencia que Job; porque devoro acá dentro, en este pecho donde no cabe la nobleza de mi corazón, esas provocaciones alevosas.

Sentíase don Juan sofocado en la estrechez del gabinete, y abrió la ventana. La noche no estaba tan serena y estrellada como antes. Reaparecía el Sur; amontonábanse nubarrones en el cielo, y la luna sólo á intervalos lucía. Algunas bocanadas de aire llegaban á la ventana, trayendo consigo rumor de lejanas voces; rumor de que don Juan no se dió cuenta, porque no estaba entonces ni para oir ni para ver sino lo que tenía dentro y le hervía en la mollera.

—¿Qué móviles son los que guían á ese hombre—se decía el jurisconsulto volviendo á pasear intranquilo y vertiginoso,—para conducirse como se conduce conmigo? Su altanería, su soberbia... el empeño de imponerme sus ideas y sus gustos hasta en las cosas más nimias, como se los impone á cuantos le rodean ó le deben algo. Pero yo no le debo nada, ¡voto á Lucifer!... nada, si no son disgustos como éste que ahora me enciende la sangre. No soy tampoco un zafio campesino que necesite pedirle permiso para discurrir. Tengo mi criterio propio, mis luces en la inteligencia; tantas luces... más luces que él, sí, señor; ¡muchas más! porque he visto más mundo, he estudiado más libros y he ejercitado más el entendimiento, ¡muchísimo más! ¡Tengo, cuando menos, iguales derechos que los suyos á ser oído y respetado; á hablar donde él hable, á pensar donde él piense, á vivir donde él viva!...

Aquí ya don Juan de Prezanes, sin percatarse de ello, decía á voces todo lo que iba pensando; y como si su amigo estuviera provocándole en el hueco de la ventana, delante de ella era donde más aspavientos hacía y más levantaba la voz.