Entre tanto, los rumores de afuera continuaban acercándose, y llegaron á oirse próximos á la pared del corral, por la parte de la calleja.

Tampoco entonces reparó en ellos.

Volviendo á sus paseos y á su monólogo, llegó á decir, enardeciéndose por instantes:

—¡Me quieres idiota?... ¡me quieres esclavo?... pues chasco te llevas, ¡tirano! Tengo una razón... á Dios se la debo, y por ella soy libre... ¡libre como el pájaro y el aire!

En esto, y mientras la luna se escondía detrás de espesos nubarrones, y se oía ruido cercano, como de gentes en tropel, don Juan de Prezanes temblaba, y se arrimó á la ventana, y sintió dentro de sí una cosa que le exigía un esfuerzo supremo; algo que necesitaba salir de su pecho y de su garganta, veloz y bullicioso; algo que le oprimía el corazón y le golpeaba el cerebro... No pudo contenerse más. Echó todo el busto fuera de la ventana; y, apretando los puños, gritó loco, desaforado:

—¡Viva la libertad!

En aquel instante crecieron los rumores de la calleja y se agitaron unos bultos en la obscuridad; brillaron dos fogonazos; se oyeron dos tiros, y lanzó un grito don Juan de Prezanes, desapareciendo de la ventana mientras saltaban las maderas hechas astillas, y en polvo los cristales.

Casi al mismo tiempo sonó hacia la iglesia otro tiro que pareció un eco de los primeros.