XXVIII

SICUT VITA...

Mientras caminaba don Valentín, después de salir de casa de don Juan de Prezanes, calleja arriba, por donde vino el tropel de que se hace mención en el capítulo antecedente, resbalando en este morrillo y metiéndose en aquella poza, tropezando aquí y estando á pique de caer allá, despechado y febril, reflexionaba de este modo:

—Nada espero, nada temo, nada quiero; en nadie confío sino en Dios y en el odio que tengo al perjuro. Tristeza en mí, tristeza y soledad en mi casa, menosprecio y burlas en la ajena, viejo, moribundo ya; envuelto en los hábitos de mis glorias, con la espada de Luchana al costado... ¡qué mejor ocasión que ésta para dar el último grito de libertad, delante del sempiterno enemigo de ella? ¡Qué muerte más señalada para un hombre como yo?... ¡Ah, si topara con ellos esta noche!

Pensando así, andaba, andaba, y corría el sudor por los surcos de su cara rugosa, porque la gimnasia que iba haciendo, el peso del uniforme y la brega que traía desde media mañana, no eran para menos; y andaba maquinalmente y sin rumbo determinado, aunque á veces creía oir en sus adentros una voz que le aconsejaba seguir adelante y apercibido, porque por allí se iba.

Y andando, andando, llegó á un recodo que formaba la calleja, y oyó ruido de voces y de pasos inseguros al otro lado. Le latió el corazón con desusada fuerza. Llevó la diestra á la empuñadura del sable, y detúvose. Los rumores se acercaron más. Don Valentín aguzó entonces el oído, la vista, hasta el olfato. Parecía un sabueso delante de la barda. Cierto que tenía, por don misterioso de la naturaleza, una nariz para conocer al perjuro por el rastro, como el perro la tiene para el jabalí.

—¡Él es!—dijo balbuciente y conmovido.

Sin otras averiguaciones, desenvainó el sable y plantóse en mitad de la calleja, bien alumbrada entonces por la luna.