Ya sabemos cómo respondieron dos de los más irreflexivos de la partida, al grito casual de don Juan de Prezanes; y es de saberse ahora que el lance no hubiera concluido así, á juzgar por las trazas, sin el otro tiro que sonó hacia la iglesia y puso en precipitada fuga á los invasores, señal de que andaban con poca tranquilidad y perseguidos de cerca por enemigos más serios que el pobre don Valentín.
El cual permaneció muy cerca de una hora tendido sobre el fango de la calleja; y allí se hubiera muerto de frío, ya que no de los golpes ó de la corajina que tal le habían puesto, sin la llegada de Juanguirle y de algunas otras personas que le acompañaban, entre ellas Nisco, armadas de sendos garrotes, excepto el montanero y el alguacil, que llevaban, para estorbo y compromiso, como ellos decían, dos fusilones de chispa.
Comenzaba á moverse un poco y á balbucir palabras inconexas en el momento de topar con él la ronda.
—¡Siempre me temí yo algo de esto, voto al chápiro verde!—dijo el alcalde al levantar á don Valentín, cogiéndole por debajo de los brazos;—aunque nunca pensé que llegara á tanto. El diablo me lleve si no está á punto de entregar el alma... ¡Agarray vusotros por las patas, muchachos!... ¡Uf!... ¡cómo está de barro, el infeliz, hasta el cogote! Vamos, señor don Valentín, un poco de ánimo, que la cosa no es tanto como aparenta. Dígote que fué suerte para todos que al demonio de Lambieta le moviera la curiosidad de los tiros y saliera á tiempo de ver correr á los causantes vega abajo, y me diera parte y saliera yo también, y se viera lo visto y se discurriera lo discurrido; que si no, aquí fenece esta noche el venturao del hombre, sin tus ni mus. ¡Voto á briosbaco y balillo, que hubiera sido caso de andar en coplas!... ¿Estáis ya? Pues hágase ahora la silla con los brazos... ¡Ajá!... Tú, por aquí, Nisco... Sostenle tú la cabeza por atrás, Ogenio... ¡Jum! mucho la zarandea para cosa buena... Apañay vusotros esa espada y ese murrión... ¡Mil demonios si no hace media fanega larga el sandifesio! Y á todo esto, el de su hijo... ¡por vida del chápiro verde! pondría las orejas á que anda por onde no debe. ¡Cuando no espante yo de una vez á esa pingolondona, afrenta del lugar y acabación de las casas honradas... voto á briosbaco y balillo!... ¿Qué tal vamos, señor don Valentín?
—Mal,—respondió el pobre hombre, con apagada voz, mientras con todo su cuerpo inerte, movido arriba y abajo y de un lado á otro, marcaba el andar desconcertado de los mozos que le conducían.
Así llegó á casa, donde le recibió Sidora entre aspavientos y declamaciones, y se trató de desnudarle para meterle en la cama.
—¡Eso no!—dijo don Valentín.—Nadie me despoje de lo que llevo encima. Ya que no me ha valido para bandera, quiero que me sirva de mortaja. Con eso no lo profanará nadie, vendiéndolo por un vaso de aguardiente.
—¿Quién piensa en mortajas ahora, por vida del chápiro verde!
—Yo, hijo, yo... yo, que me muero sin remedio... ¡Siento un frío... y una debilidad!...
—¡Algo caliente, y un vaso de buen vino!—gritó Juanguirle encarándose con Sidora;—y si no lo hay en casa, á la mía volando por ello, que guardado tengo un botellón de la Nava rancio, para estas ocasiones.