—Solo te quedas, Baldomero... porque yo me voy... la verdad sea dicha, sin gran pena de no volver á verte... aunque un poco mayor que la tuya... por perderme de vista... Eres un Adán, y no espero que te enmiendes... pero, ya que por tí no lo hagas... por el honor de tu padre... no acabes de perder la vergüenza al acabar con lo que te dejo... Conserva á Sidora, que ha sido muy fiel y cuidadosa... págala en seguida la manda que le hago en el testamento... que hallarás entre mis papeles... aléjate de ciertas compañías... acércate más á Dios... y aparta allá un poco ahora para que yo piense en Él mientras llega el señor cura.
Fuése á la sala don Baldomero, y allí se dejó caer en una silla, con las piernas estiradas y la cabeza caída sobre el pecho. Juanguirle mandó despejar por completo el cuarto, y él mismo dió el ejemplo; pero sin perder de vista al moribundo hasta que llegó el señor cura.
Se confesó don Valentín despacio y bien, como hombre que era de mucha cuenta y razón, aunque las de su conciencia las saldaba cada año, y no eran complicadas, según el lector habrá ido comprendiendo; recibió después el Viático y luégo la Unción; hasta que, á poco más de la media noche, apagándose el último soplo de su vida, entregó á Dios el alma, limpia y candorosa como la de un niño.
Quedóse Juanguirle con algunos de su ronda velando el cadáver, y se acostó don Baldomero.
Amanecía apenas, cuando llegó á la puerta del estragal una mujer. Conocióla en la voz Juanguirle, salió á su encuentro y la apostrofó así, atravesado delante de ella:
—¿Aónde vas? ¿Qué buscas? ¿Quién te llama aquí?
—¿Á usté qué le importa?—respondió con desgarro la mujer.
—¡Voto á briosbaco y balillo—exclamó Juanguirle,—que, si un poco me apuras, haré que valga mi autoridad y te lleven aonde no te dé el sol en mucho tiempo!... ¡Taday, moscalindrona!
—Sepa usté que vengo aonde puedo, y en busca de lo que es mío.
—¡Taday, zarramplinga! Si algo te deben y de algo vos remuerde la concencia, bien que lo cobres y la pongáis en gracia de Dios... y aticuenta que poco se pierde, porque tal para cual; pero á su tiempo: no ahora ni aquí... ¡Aguarda siquiera á que saquen de casa al que, vivo, nunca te hubiera dejado entrar en ella!