Aunque no dijeron cuanto pensaban y sentían, sus palabras, y más que sus palabras, el modo de decirlas, produjo el efecto que es de presumir; y entre aspavientos y gritos, trasladóse en un verbo la familia entera, con sirvientes y adherentes, á casa de don Juan de Prezanes.
Ya estaba éste de pie; pero aturdido y medio alelado. Entró don Pedro delante; y al oirle hablar con su amigo, los que detrás iban, llevando medio acongojada á Ana, avanzaron en tropel. Todo lo que antes era angustia, se trocó en curiosidad al ver el aspecto que ofrecía el cuarto sembrado de astillas y de cascos de vidrio, y en medio don Juan, que no acababa de romper á hablar. Ana se colgó de su cuello; y aunque le colmaba de caricias, anhelante y llorosa, el hombre parecía una estatua.
Al fin respondió al torbellino de preguntas con que le acosaban por todas partes:
—¡Yo no sé qué demonios puede haber sido!... Estaba poniéndome el sombrero... es decir, me le había puesto ya, para salir en busca tuya, hija mía... De pronto, oí ruido hacia la calleja, abrí un poco esa ventana, y... ¡pin! ¡pan!... todo fué estruendo á mi alrededor, como si la casa se desplomara. No sé si alguna astilla... ó el sobresalto; pero es lo cierto que aquí me ví, un momento hace, tendido en el suelo, sin poder darme cuenta de nada... luégo entrásteis vosotros, y he recordado esto poco que os refiero. Nada en substancia, como veis... Pero ¿quién demonios soltó los tiros cuando yo... es decir, cuando abrí la ventana?... ¿Habéis oído algo vosotros, Pedro?...
—Nosotros—respondió éste,—oímos esos tiros de que hablas, y otro más hacia la iglesia; y precisamente estábamos disputando sobre si habían sido tres ó dos y el eco de ellos, cuando llegaron tus criadas que te vieron aquí tendido al acudir al grito que diste.
—¿Á qué grito, hombre?—saltó don Juan apresuradamente.—¡Si yo no dije una palabra!
—Por lo que refirieron las muchachas—añadió don Pedro con socarronería,—lanzaste un ¡ay! terrible, sin duda al caer...
—¡Vamos!... al caer. Sí, porque lo que es antes de los tiros...
Al decir esto don Juan se estremeció de pies á cabeza, en una convulsión nerviosa.
—Lo esencial es que hayas salido ileso de la catástrofe—prosiguió don Pedro mientras los demás no apartaban los ojos de don Juan, que, poco á poco, iba serenándose.—¿Quieres tomar algo?