—Nada, nada... una taza de salvia, si acaso, porque estoy algo nervioso.

Voló Ana á preparar el antiespasmódico, y tornó á preguntar don Pedro á su compadre:

—¿Estás seguro de no haber recibido herida ni golpe?

—Ya lo veis... nada siento, nada me duele... digo mal, un coscorrón debo tener aquí...

Tenía, en efecto, don Juan un chichón en la cabeza; pero cosa insignificante.

—Sin duda contribuyó este golpe—dijo don Pedro,—á que perdieras el sentido cuando caíste.

Y añadió por lo bajo, al oído de su mujer:

—Apostaría las orejas á que tu compadre hizo una barbaridad. Aquella voz que yo oí antes de los tiros, fué la suya, no me cabe duda.

—Pero á todo esto—insistió don Juan de Prezanes,—¿de dónde salieron aquellos dos tiros cuando yo grité... es decir, cuando abrí la ventana?

Y se estremeció de nuevo, como si le asaltara un escalofrío.