—Pues nadie lo sabe—respondiéronle,—como no se sabe quién soltó el de hacia la iglesia.
—¡El demonio ha andado suelto aquí esta noche!
—Días hace que no huelga en Cumbrales.
—En fin, de buena te has librado.
—¡Sí, sí!... y hablemos de otra cosa, si queréis,—concluyó don Juan volviendo á estremecerse.
—Es que el asunto es grave, y hay que averiguar...
—¡Vaya si lo es! Pero dejad siquiera que me tranquilice antes un poco.
Llegó luégo Ana con la infusión de salvia; tomóla el sobrexcitado señor, y se entonó mucho; pero no dejó de temblar cada vez que salía á colación el caso de los tiros, caso que no cesaba de salir.
Media hora después apareció Juanguirle en la sala con la gente de que le hemos visto acompañado en el capítulo anterior. Iba desalado, porque le habían referido horrores de lo ocurrido en aquella casa.
—¡Pícaros!—dijo cuando se enteró de la verdad.—¡Si la intención es lo que vale, en garrote vil acabéis!