—Pero ¿quién fué? ¿Llegaremos á saberlo al fin?—preguntaron á Juanguirle.

—¿Quién había de ser, voto á briosbaco y balillo! El faicioso mesmo,—respondió el alcalde.

—¡Demonio!—exclamó don Pedro, mientras don Juan se estremecía y las mujeres se miraban sobresaltadas.

—Pero ¿dónde está ahora?—preguntó Pablo.

—Camino del monte, según mis noticias.

—Así me lo explico yo todo—decía, en tanto, don Juan:—siendo ellos, naturalmente habían de responder... es decir, tenían que hacer una de las suyas. Vieron luz, vendrían acosados...

—¡Vea usted si don Valentín estaba en lo cierto!

—¡Don Valentín!—gritó don Juan de Prezanes.—Ahora recuerdo que poco antes del suceso, estuvo aquí, de gran uniforme. ¡Desdichado de él si le han visto con aquella arboladura!

—Pues á rondar vamos, señor don Juan—dijo el alcalde;—y si no se le llevaron, que lo dudo, con él hemos de dar. Con que, ya que no hacemos falta aquí, después de dar el parabién por lo poco que ha sido en comparanza de lo que pudo ser...

—Pero ¿quién los ahuyentó, Juan?—preguntó don Pedro.