—Se cree que un tiro que oyeron hacia la iglesia, ó que creyeron oir: tal venían ellos de recelosos y perseguidos. El intento era, según voces, llegar á mi casa y pedir raciones, ó cosa que lo valiera... Con que lo dicho, y á la paz de Dios, que vamos á recorrer el pueblo para ver el rastro que han dejado.
Salió Juanguirle con su gente, y ya sabemos que halló á don Valentín; cómo le halló y lo que aconteció en su casa, hasta que amaneció el nuevo día.
Una hora después, mientras las campanas doblaban á muerto, el alcalde, acompañado solamente de Nisco y del alguacil, continuó la ronda, interrumpida durante la noche por los narrados sucesos; pero la mayor parte de los vecinos ni siquiera tenía noticia de lo acontecido. Felicitábase de ello el alcalde; y ya iba á dar por concluída su exploración, cuando se le ocurrió detenerse delante de la choza de la Rámila. Digo que se le ocurrió, porque su primera intención, por consejo de sus acompañantes, fué pasar de largo. ¿Qué había de buscar allí nadie, y mucho menos gente hambrienta y fugitiva? Y aunque hubiera ido alguien... y aunque hubiera matado á la bruja, ¿qué? Esta reflexión no se la hizo Juanguirle; pero se la hicieron sus acompañantes, y por eso le aconsejaron tan inhumanamente.
—Criatura es de Dios como nosotros—dijo el alcalde después de vacilar un momento,—y derecho tiene á mi amparo como la que más.
Y entró resuelto en la choza; cosa que le costó bien poco trabajo, porque la puerta estaba entreabierta y desquiciada.
En el rincón de la izquierda había una mísera cama sobre un zarzo viejo, sostenido por cuatro estacas; y en aquella cama yacía la Rámila, quejándose y con la cabeza entrapajada. Á las preguntas de Juanguirle respondió:
—Yo no sé qué decirte, hijo de Dios. En la cama estaba y oí golpes á la puerta y el hablar de mucha gente. Pedían agua para beber, y parecióme entenderles que querían saber por dónde se iba á casa del alcalde. Levantéme; los porrazos iban á más; y al ir á correr la llave saltó la puerta, dióme en la cabeza, caí, descalabréme de esta otra parte, y medio me descoyunté este brazo. Atontecióme el golpe... y ahí me estuve en el suelo lo más de la noche, sin saber lo que hicieron aquellos hombres, que me parecieron armados, aunque no lo jurara, porque con el golpe de la puerta sobró para que yo no viera más por entonces... Creo que esto no sea cosa de muerte; pero me resquema y me duele mucho. Sola me veo y sin más amparo que el de Dios. Ya que Él te trae acá, hazme la misericordia de decir en casa del señor don Pedro cómo me hallo... y de enquiciar esa puerta, siquiera para que las bestias no entren aquí mientras yo no pueda salir de la cama... si está de Dios que he de salir, para jalar otro poco de la cruz que arrastro por el mundo.
El bueno del alcalde, por de pronto, y al saber que la pobre vieja estaba en ayunas, mandó á su hijo y al alguacil á buscar á las casas más próximas lo que con mayor urgencia reclamaba el estado de la infeliz; le reconoció, mientras aquéllos volvían, las heridas de la cabeza, que eran varias aunque no graves; las lavó cuidadosamente y las cubrió de nuevo, único bálsamo de que podía disponer allí donde no había gota de aceite en la alcuza, ni casco que revelara que había contenido jamás un sorbo de vino; y cuando, pasado un rato, estuvo más consolado el estómago de la Rámila con lo que trajeron el alguacil y Nisco, fuéronse los tres, no sin enquiciar antes la puerta, bien seguro Juanguirle de que, tan pronto como relatara aquella gran necesidad en casa de don Pedro Mortera, de nada carecería ya la infeliz menesterosa.
Cerca de la iglesia, de vuelta para su casa, encontró Juanguirle á Tablucas. Preguntóle éste por el resultado de su exploración, y contóle el alcalde el percance de la Rámila, dándole por remate y en chanza la enhorabuena. Tablucas se puso pálido.
—¿Ónde tiene las heridas?—preguntó al alcalde.