—Y luego extrañarán que... Más vale callar.

—Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de ellas.

La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre, sobre el mismo paño.

Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico á la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra á la visitada, asegúranse por la milésima vez sus profundas simpatías, danse el último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la calle, haciendo rumbo á otra visita, con quien se halla también en descubierto.

No trataremos de seguirla, porque las visitas de rigor todas son lo mismo, con ligerísimas variantes.

Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y vamos á hacer otra de distinto carácter.

II

Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el negligé, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos á hacer es de confianza y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el aseo.

Todos las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio á la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni á cañonazos, especialmente á los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

Por éstas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer á casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.