Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que en seguida mudó de conversación.

—¿Y cómo han estado los baños?

Pues como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va poniendo incapaz... Yo, gracias á que estaban allí la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece que no tiene prencipios.

—Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una mezcolanza que nadie la entiende.

—Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.

—Á buena parte va usted.

—¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido: lo mismo de una boda que de un intierro.

—Así anda ello—dice la de don Frutos con cierto retintín.—Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir á los de policía.

—¡Ya se desengañarán alguna vez!—exclama entonces en tono profético la de Guzmán.

—Sí; pero entre tanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».