—¡Como pienso ir muy pronto á París por dos ó tres meses, ó por todo el ivierno, si me acomoda!...—contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que quería decir: «chúpate ésa».

—¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la primavera.

—Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.

—¡Jesús! ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...

—Eso se le pasará pronto,—insistió doña Epifanía, que á todo trance quería obligarla á confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.

—También yo lo creo así; pero á la convalecencia...

—Cuestión de dos días, hija...

—No le hace: siempre quedará algo delicada... y ¡qué sé yo!—añadió ya picada,—la inquietud... y... porque el amor de madre...

—(¡Á quién se lo cuentas!)—díjose la otra señora; y en voz alta:

—Tiene usted razón: para no ir con toda libertad, más vale quedarse en casa.