La señora de don Frutos ha dado la última mano á su prendido; y enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está en descubierto (técnicas), se ha decidido á cumplir (id.) primero con doña Epifanía, ó expresándonos á mayor altura, con la de Guzmán.

Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero), sale á la calle á pie, no por falta de carruaje, sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie su grave marcha, llega á pisar el lujosísimo estrado de su visita, que aparece, á poco rato, con la sonrisa en los labios.

Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y, después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:

—¿Y ese caballero?

(Con permiso del dómine de mi lugar, ese caballero es Guzmán).

—Bien, gracias—dice su costilla:—está en el escritorio y siente mucho no poder saludar á usted. ¿Y Soconusco?

Pues está bien, gracias: ocupado, como siempre, en sus negocios.

Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar á su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan en usar el apellido.

Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el Soconusco, y quedó la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa, algo más diplomática y traviesa, volvió á anudarla.

—¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este verano?—dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los viajes.