Vaya un ejemplo, en su defecto.
Doña Epifanía Mijo de Soconusco, y doña Severa Cueto de Guzmán, son visita.
Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de buen tono provinciano, que es la equivalencia ó copia de la etiqueta cortesana, si bien, como todas las copias, bastante amanerada, ó, como diría un pintor, desentonada. Mas la entonación de cuya falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.
Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria si la hubiera á sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado para encontrar, entre las facturas de su marido don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico; ya que no león rampante en campo de gules, siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una caldera vieja en campo verde; pero siempre tan nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron de algún valor, eran efectos á cobrar; las barras eran más de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y difíciles de atrapar.
Á pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes á creer que doña Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar á cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro, la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba á ello, y para orla, á manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de don Félix Utroque. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio, en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de la historia. Tal fué el proyecto de doña Epifanía; mas á don Frutos, que, aparte de ser hombre de gran peso, es bastante aprensivo con sus puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que por debajo de los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo, lo cual era hablar muy recio en heráldica y exponer á grave riesgo su posición entonada.
Don Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, á un capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.
Más afortunada doña Severa por haber dado su mano á un Guzmán, le ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones, sin más trabajo que encargar á un pintor unas cuantas copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de paso, apenas fueron expuestas á la pública consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quién toma la torre por un barril de aceitunas; quién por un balde de taberna; á unos recuerda el tajo de un herrador; á otros el yunque de un herrero; á éste un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en ese afán de simbolismos, no falta quien le compare con el tamboril del Reganche. El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre á medida que le van observando. Ya es una lezna, ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá á lo lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.
Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene á pelo y aunque no venga, que las alhajas y las blasones valen tanto como el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista, al paso que el mismo Soberano, lanzando sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que el hábito no hace al monje.
Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora figura en el gran mundo (no se olvide que estamos en una provincia), y es individua de cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba hoy el verdadero valor social de las gentes principales.
Al grano, lector.