Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?

La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso le lleva triste. Llegan á la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce á las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.—¡Carolina!—¡Doña Circuncisión!—¡Elisa!—¡Soledad!—¡Doña Narcisa!...—¡Pícara!—¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.

—¡Dos meses sin venir á vernos!

—Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.

—¡Anda, pícara!

—¡Andad, ingratas!

—¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?

Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo á su mamá.

Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, á quien dice en el mismo momento:

—¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver á ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.