—Muchas gracias por la atención.
—Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir á esta casa de cumplido. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias á que estas cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!
—¿Tantas visitas han hecho ustedes?
—Figúreselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado á todas mis relaciones... y ya sabe usted que son algunas.
—¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado á usted hoy de hacer tanta visita?
—Va usted á saberlo, que á eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.
—¡Hola!—exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.
-Á ver, á ver,—dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más á doña Narcisa.
Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.
Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras: