Conocidos ya sus principales instrumentos, hemos de ver ahora cómo maneja algunos de ellos; y no todos, porque fuera ofender la perspicacia del lector irle enumerando uno á uno cuantos recursos tiene un secretario de esta calaña para hacer un buen agosto en el campo de lo que pudiéramos llamar trampas corrientes del oficio, después de haber dicho que el ayuntamiento que le paga es sordo, mudo y ciego, y que el pobre pueblo está amarrado á sus antojos como borrico á la noria.

Fijémonos, por ejemplo, en la época de quintas, que es, de todas las del año, la más socorrida para el secretario.

Por de pronto, si éste tiene un hijo sorteado, le libra á todo trance, aunque sea más sano y robusto que una encina, le haya tocado el número 1.° y no esté comprendido en ninguna de las exenciones que marca el cuadro. En último caso, se forja un expediente declarándole hijo ó nieto único de padre ó abuelo sexagenario y pobre, aunque tenga otros hermanos, y el abuelo más nietos, y el padre no llegue á los cuarenta, y el padre y el abuelo vivan de sus rentas como unos caballeros.

Y es de notar que todo esto lo saben los infelices sacrificados; pero se les fascina con un fárrago de palabrotas estampadas en un papel sellado, á cuyo pie, para mayor escarnio, se les hace poner sus firmas, cerrando de este modo todo pretexto á ulteriores reclamaciones contra semejante felonía. Para conseguir tal resultado, basta, generalmente, el miedo que inspira el tiranuelo á los sencillos aldeanos; pero si éstos se resisten, se les hace creer que hay el proyecto de presentar ante el Consejo provincial á todos los mozos sorteados exentos del servicio, por medio de expedientes arreglados por el secretario, á condición de que todos los interesados se presten á formar á su gusto el de su hijo.

Lo que después de servido hace el pícaro con los incautos que le ayudaron, no lo saben éstos hasta que en la capital se verifica la declaración de soldados, y se examinan los fárragos, intencionalmente incomprensibles, que, como áncoras de salvación de sus hijos, llevaban los pobres hombres guardados cuidadosamente en el bolsillo más hondo de sus burdos chaquetones.

Pedro y Juan son dos mozos que han jugado la suerte juntos. Pedro fué declarado libre en el ayuntamiento, y Juan, soldado; por lo cual Juan protestó á Pedro. Pero el secretario, que es hombre previsor y sabe que ni el padre de Juan ni el de Pedro dejan de apurar los recursos que estén á sus alcances por un puñado de duros, pues los tienen para tales casos, si no al pico del arca, en una res ó en unas tierras, echándosela de magnánimo y compasivo, le dice á Juan:

—Creo que puedes ganar este negocio si sabes trabajarle en la capital. No seas tonto: sacrifica una onza, y yo te diré quién te ha de sacar triunfante.

El inocente se deja seducir, y poco después recibe una cartita de recomendación, que le da el seductor para cierto caballero de la ciudad.

—Entrégasela mañana mismo—le dice,—porque me consta que Pedro piensa ver también al mismo sujeto.

Luego se avista con Pedro, le hace las mismas reflexiones que á Juan, y le añade: