Cuando ésta llega, Juan y Pedro admiran al protector, que no cesa de moverse del salón de sesiones á los pasillos, de los pasillos á las oficinas y de las oficinas al cuarto de los médicos. Es verdad que también notan que todos sus trabajos se reducen á dar una sombrerada á unos, á mirar intencionadamente á otros, á salir detrás de aquél y á entrar en pos de éste; pero como lo principal está hecho de víspera y en secreto, basta su presencia allí como recuerdo de lo convenido.

El Consejo, entre tanto, declara soldado á Juan.

Bien sabía el secretario que uno de los dos tenía que serlo irremisiblemente.

El activo protector, en cumplimiento de su palabra, devuelve, pocas horas después, las dos onzas de oro á la persona que representa á Juan.

—No se ha podido hacer más,—dice al entregar las monedas.

Y el que las recibe, al ver tanta honradez, tantos afanes malogrados ¿qué menos ha de hacer que obsequiar con unos cuantos duros á aquel caballero?

Despachado así Juan, le dice á Pedro:

—Amigo mío: la cosa ha estado en un tris; llegué á temer que aquellos señores no se conformaran con las dos onzas y se me volvieran atrás: así me lo anunciaron; pero les apreté de firme, y al cabo se conformaron. El presidente, sobre todo, estaba emperrado como un demonio en los sesenta duros. Conque te doy la enhorabuena.

Y Pedro, ó su padre, conmovido ante tanta adhesión, estrecha la mano de aquel señor generoso, y desliza en ella, por no ofenderle con la oferta, media onceja más, que el otro recibe muy ruboroso y porque no se tome á desaire.

De este modo, aun sin la propina, que es eventual, son infalibles las dos onzas, puesto que uno de los dos mozos tenía que ser soldado.