No necesito decir que éstas y otras ganancias análogas se parten religiosamente entre el secretario que prepara los negocios, y su asociado que los remata.

—¿Y es posible—preguntará el lector menos perspicaz,—que nada sospechen esos pobres hombres?

Así debe de ser, puesto que el único convencimiento seguro que llevan, de vuelta á su casa, es que los señores que componen el Consejo ó la Diputación, todos, sin excepción de uno solo, se venden por un puñado de dinero.

Otra vez se trata de un mozo notoriamente inútil por defecto físico, cuyo padre tiene en dinero ó en especie algo que explotar. Aunque declarado libre y sin protesta en el ayuntamiento, el secretario le advierte que en la capital le van á dar un disgusto si no se agarra bien. El mozo tiembla, y su padre se resigna á hacer un sacrificio. Una carta para cierto médico célebre, que todo lo arregla en la ciudad, y la promesa de que con menos de quinientos reales quedará el pobre hombre libre de todo recelo, le hacen encaminarse con su hijo en busca de aquella providencia, después de haber malvendido una vaca ó hipotecado el huerto, para llenarse de duros el bolsillo. El médico no es otro que el agente consabido. Enterado de la carta de su socio, manda desnudarse al mozo, que tiene una joroba enorme y una pierna más corta que la otra; le palpa, le soba, le exprime, le estira y le sacude, y acaba por decirle que aquello está grave y que, si no anda listo, le van á declarar útil. Felizmente influye él en el Consejo y sobre los facultativos, y puede arreglarlo todo si el interesado hace un sacrificio para tapar la boca á aquella gente hambrienta. Se calcula en veinte duros el esfuerzo, los afloja la víctima; y con la promesa del filántropo médico de que si el chico no se libra se compromete él á ponerle sustituto á sus expensas, vuélvense á su casa padre é hijo, maldiciendo de las leyes del reino y de la conciencia de sus intérpretes jurados, porque sin hombres entendidos como el secretario, y benéficos como el médico influyente, ni los pobres jorobados estarían seguros en su pueblo.

Lo mismo discurre otro infeliz que, merced á un procedimiento análogo, ha conseguido que sólo le cueste doscientos reales el testimonio de un expediente de quintas archivado en la Diputación, de donde no podía sacarse, según dictamen del secretario, en menos de quince duros, sin la influencia de un amigo suyo que todo lo arregla en la ciudad. Como el señorón sólo hace aquellas cosas por servir á los amigos, el buen hombre le ha dado además tres pesetas para el portero, que, por lo visto, se ocupó en esas pequeñeces oficinescas, á la sombra de la influencia poderosa de aquél; y cree que se ha ahorrado cinco duros, sin sospechar que le han robado diez y medio.

Y no quiero citar más ejemplos de este género de infamias, por lo mismo que es inagotable el catálogo.

Con la idea que se tiene en los pueblos del saber, de la travesura y de la omnipotencia de un secretario, nada más fácil sería para éste, si le diera por honrado como le da por bribón, que conseguir la concordia completa entre las más enconadas rencillas de sus convecinos. Lejos de esto, las irrita, y procura que se lleven todas á la justicia, para explotarlas á su gusto; y donde no las hay, las enciende con el mismo fin.

Un día se ve citado un pobre hombre ante la autoridad.

—Se te acusa—dice el secretario mientras el juez eructa despatarrado en su banco,—en parte que pasa el montanero, de haber traído tu hija una carga de quimas.

—¡Eran ramas secas, señor!