Por eso la frase sacramental de los desdichados, al verse perseguidos y robados, es ésta siempre:

—¿Y qué voy á hacer yo contra ese hombre? ¡Gracias que se ha conformado con eso!

Y «esto» es, quizá, el haberse quedado el pobre sin pan y sin camisa.

Cuando se muere alguien que deja cosa que valga la pena, y se propone sacar una parte de ello, bien en concepto de manda especial, ó de mejora en favor de tal cual pariente, con quien ya se ha puesto de acuerdo, acude á la cabecera del moribundo, papel en mano y pluma en ristre, «porque los abintestatos acaban con las familias».

—Lego para misas por mi alma...—dice el que va á morir.

—¡Qué alma ni qué calabaza, hombre! Las buenas obras son las que te han de salvar, no los pícaros curas.

—Es que San Gregorio...

—Los santos no comen.

—Es que Dios...

—Dios no se mete en estas pequeñeces...