Si el testador se convence, se estampa en el papel la voluntad del secretario; y si no... también. Apuradamente aquél casi nunca sabe, ó ya no puede, leer ni firmar. Hecho el documento, llama el secretario á siete borregos que ya estaban avisados y reunidos en la taberna inmediata; firman á ciegas, y se acaba la operación.
Muerto el testador, cobra el secretario seis duros por sus derechos y el papel; y después que éste se formaliza ante escribano, llámase á la parte y recibe la manda, ó lo ofrecido en la mejora que él supo arrancar.
Si el secretario necesita madera, va al monte, señala los árboles que le convienen, y dice al guarda:
—Túmbalos.
Á los pocos días se rematan en concejo tantos robles viejos que han aparecido caídos en el suelo, según parte del guarda. Están en lo más inaccesible del monte, y apenas valdrán para quemar. Con estas noticias, nadie los puja. Un solo vecino ofrece cinco reales por cada uno, y eso porque no son para él.
De este modo adquiere el secretario media docena de hermosas vigas por treinta reales... Porque el acarreo se le hacen los vecinos por una convidada de aguardiente.
Como tiene todas las voluntades en su mano, y éstas pueden volverse contra el médico titular, contra el maestro ó contra el cura, cuando á él se le antoje, al primero le ha impuesto la obligación de darle dos mil reales de los diez que le paga el pueblo; al segundo, parte del maíz que recauda, ó el equivalente en dinero; y al último, como nada le puede chupar, le tiene prevenido que á la menor alusión que oiga en sus sermones, á su mozona, á sus manejos ó á cosa que le pertenezca, le forma un expediente de conspirador que le balda.
Cuanto se mueve, cuanto respira, cuanto vive en el pueblo, está sujeto, amarrado, á la voluntad del tirano. Todas las épocas, todos los acontecimientos le sirven para sus fines y le producen dinero; y este dinero es el sudor, la agonía de unos cuantos pobres labriegos, que, sin una cruz como aquélla, quizá fueran felices... hasta donde se puede serlo en este pícaro mundo.
Por eso todos le maldicen, todos le execran; todos, pero muy bajito, le piden á Dios que se le quite de en medio, como la mayor de las calamidades; mas como todos le temen, todos, entre tanto, marchan sumisos á su voz, como rebaño de esclavos delante del sangriento azote; todos tiemblan en su presencia, y todos le dan de buena gana la camisa, considerando que pudo haberles robado hasta el pellejo...
Y ahora caigo en que, entretenido en pintar á este tipo por el lado de sus hechos, no le he dado á conocer por el de su estilo.