Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose en seguida, exclama:

—Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

—Ése mismo—contesta Carolina;—cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

—¡Eh, mujer!—repone su mamá con disgusto;—no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, cierto que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oir á esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

—¡Bah!... ¿eso qué vale?—contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

—Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije á Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dió la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien, y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oir.

—Ni era de creer otra cosa, ¡Ave María!

—Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

—¡Cómo se va á creer eso, doña Narcisa? No sea usted aprensiva.

—¡Ay, doña Circuncisión! yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.