LAS TRES INFANCIAS[7]
AL SEÑOR DON TOMÁS C. DE AGÜERO
He de decirlo, aunque el atrevimiento me cueste una multa municipal: para un hombre de mi temperamento, por no decir idiosincrasia, tiene gravísimos inconvenientes la amistad de un señor alcalde, á cuya persona se profesa un arraigado y (por desgracia mutua) ya viejo cariño, afianzado con el doble remache de sus raros talentos y no comunes virtudes. Cuando un amigo semejante se nos acerca, y, otorgando á nuestro ingenio una alcurnia que no tiene, nos pide una chispa de su luz para convertirla en pan para los menesterosos, no hay medio de resistirle, ni de negarle un esfuerzo heroico en pro de su noble intento. Y entonces se llama á las puertas del ingenio, holgado y desprevenido; pero el ingenio, que parece fundido en corazón de avaro, echa todos los cerrojos de su mazmorra, y más se esconde cuanto más se le invoca.
Y aquí las perplejidades y las angustias; porque la súplica es mandato, y el tiempo avanza, y el término fatal se acerca, y lo que era crepúsculo en la mente, llega á hacerse noche tenebrosa.
Expongo estos hechos ante el insigne jurisconsulto, para que en aprecio los tome el magistrado, como razones atenuantes, si mi franqueza llega á parecerle merecedora del papel en que se saldan con la autoridad las cuentas por desacato á ciertos preceptos de sus Ordenanzas; ó no la halla bastante castigada con haberme sacado al palo, que no otra cosa es, en substancia, poner á un hombre avezado á la obscuridad de todos los aislamientos, en estas alturas por tantos soles alumbradas y expuestas al rigor de los huracanes de la crítica.
Siguiendo en mis propósitos, digo que es fama que el aire libre, sin los ruidos ni el vaivén de la civilización, es un gran inspirador de ideas y un desinteresado y docto consejero.—Yo no lo dudo, aunque tengo para mí que con esta receta se han cogido más catarros que pensamientos. Pero es innegable que hay un instinto que le arrastra á uno lejos del rumor de las gentes cuando tiene necesidad de reconcentrar las fuerzas del espíritu; y que ese instinto me sacó de mi guarida en la ocasión citada, y me condujo, si no al campo, porque estaba éste lejos y yo perezoso, á cosa que en algo se le parecía, bien que no en colores, en aromas ni en frescura. Sentéme al pie de añoso tronco, como dicen los bucólicos; y no en mullida y olorosa alfombra, sino en duro y empedernido banco, á la sombra del escueto y desgarbado ramaje, porque las tiernas hojas aún dormían arrebujadas en los pliegues entreabiertos de sus yemas.
La condición humana tiene tendencias inexplicables. En los conflictos más graves del espíritu, suelen los hombres preocuparse con los sucesos más triviales. El reo que aguarda la sentencia del tribunal que puede enviarle al patíbulo, acaso se entretiene en contar los clavos de la puerta tras de la cual deliberan sus jueces, ó en traer á su memoria el día y el precio en que compró los zapatos que lleva puestos.—No hay ejemplo de persona que al resbalar en la calle y caer al suelo y quedar en él descalabrada y quizá sin sentido, no trate de indagar, antes que la gravedad de su herida, la causa del resbalón, ni que deje de disputar acaloradamente sobre si la cáscara que pisó es de limón ó de naranja, como haya quien sostenga lo contrario.
Solicitado yo de la propia inexplicable tendencia, al sentarme aquel día en demanda de una idea adecuada á mis intentos, comencé por hacer rayitas caprichosas en la arena del suelo con mi bastón; después puse todo mi conato en demostrar prácticamente, sobre el propio terreno y con la misma herramienta, la exactitud del teorema geométrico que dice que la superficie de un rectángulo es igual al producto de la base por la altura, cosa que siempre me tuvo sin cuidado, como ustedes pueden comprender, sin que yo lo afirme; después tracé caprichosas cifras, y dibujé barcos, y hasta retraté de perfil á mis amigos.
Cuando me cansé de dibujar, di en el ansia de reparar en los transeúntes: si eran rubios ó trigueños, si altos ó bajos, si pobres ó ricos; en qué iría pensando el de la cara hosca y encorvada cerviz; de dónde vendría la que á tales horas tan menudito pisaba, y con empeño recataba la faz; adónde iría á comer, qué comería, qué habría cenado, en qué lecho dormiría aquel infeliz de rostro macilento, mal calzado y peor vestido, en cuya mirada triste y angustiosa parecía reflejarse el deseo de trocar la memoria de pasadas abundancias por un mendrugo de pan y una camisa; cómo y de qué viviría el exótico chulo de ceñidos pantalones, charolada bota, rizada pechera, relumbrante leontina y exagerado chambergo; por qué funesta preocupación juzgaría un mozuelo sin chaqueta y desaseado, que el ser descortés y blasfemo, al pasar por delante de mí, le daba gran importancia y respetabilidad; por qué no hay leyes que castiguen á los blasfemos como á los ladrones, mientras llega á ser un hecho que la cultura no es enemigo mortal de la taberna, como aseguran los que dicen entender mucho de achaques de moralizar sin Decálogo ni carceleros...; por qué el mísero jumento que por más allá pasaba zarandeando las orejas, con una carga que le doblaba el espinazo, no recibía de su ingrata conductora, en recompensa de sus fatigas, más que una lluvia continua de varazos; si, bien pesados el entendimiento de la una y el instinto bestial del otro, no tendría la balanza el capricho de inclinarse hacia el platillo del cuadrúpedo; qué papel le estaría destinado en el sublime escenario de la creación, donde nada huelga, al diminuto insecto que se retorcía, esforzándose por apartar un grano de arena que le obstruía su camino... Preocupéme, en fin, con todo menos con lo que debía preocuparme en aquellos momentos, cuando acertó á pasar por delante de mí un verdadero enjambre de niños, corriendo como liebres perseguidas por un galgo. Habíalos rubios, morenos, rollizos, cenceños, y el más talludo no pasaba de esa edad encantadora de la sinceridad y de la inocencia; niños, verdaderos niños, libres, sueltos, revoltosos y bullangueros, que gritaban saltando, y, corriendo sin cesar, sudaban más por los gritos que por lo que corrían.—No podía ofrecérseme tentación que más lejos de mis intentos me arrastrara.
Mi vista se fué tras ellos, y con la vista el último recuerdo de mi compromiso.—Jugaban al marro, y me interesé en el juego lo mismo que si en él tomara yo parte.