De pronto observé que los gritos crecían, que los dispersos se agrupaban, y que del grupo salía uno como disparado hacia mí, con la hermosa faz desencajada y los ojos anhelantes, perseguido por un camarada, que, según apretaba los dientes y la carrera, debía de tener gran empeño en alcanzarle. Al ver la expresión angustiosa de aquella linda criatura, y temiendo lo que al cabo le sucedió, levantéme para salir á su encuentro. Pero ya era tarde. El pobrecillo dió un paso en falso, y cayó al suelo; y únicamente pude evitar que se lastimara la cabeza con los guijarros. El otro niño retrocedió como una exhalación, en cuanto vió caer al fugitivo.
Apresuréme á levantar á éste, y procuré consolarle, esperando que tan pronto como se incorporara empezaría á poner el grito en el cielo. No bien estuvo de pie, fijó en mí sus grandes ojos azules, de los que se escapaban dos enormes lágrimas, y lanzó de lo más hondo del pecho un suspiro trémulo é interminable.
—Ahora empieza—dije para mí.—Pero me llevé chasco. El atribulado niño sorbió sus lágrimas en cuanto llegaron á perderse entre los húmedos corales de sus labios, y devoró otro suspiro que aún se le escapaba.
—¡Bravo!—exclamé dándole un beso.—Así se portan los valientes. ¿Te has hecho daño?
Y el chico, sin contestar á mi pregunta, se sacudió el traje precioso de terciopelo que vestía, con el gorrito escocés que se quitó de la cabeza, y se limpió el sudor de su linda cara con un pañuelito que á duras penas, y después de meter el brazo hasta el codo, sacó del bolsillo de su pantalón bombacho. Limpiábale yo también y le arreglaba los desordenados rizos de su caballera rubia, cuando, después de lanzar el tercer suspiro, me dijo, poniéndose muy cuadrado:
—¿Ve usté qué taidoría?
—Pero ¿qué te ha pasado, hijo mío?—le pregunté.
—¡Ese Gabielón!...—me respondió con ira,—que estábamos juegando al marro, y salí yo, y dipés toqué; y como él me pillaba, ya no me podía pillar, porque yo toqué... y dipés saqué un poquitín el pie... así, así no más; y porque le saqué, dice que no toco, y me pilla, y dice que ¡apillao!; dipés digo yo que eso no vale... y me escapé... y va él y me quiere pillar otra vez; y como me tiene tirria... me caí.
—¡Picardía como ella!—¿Y por qué te tiene tirria?
—Porque esta mañana sabí el Feuri mejor que él, y á mí me dieron vale, y él echó tes borrones en la plana... Por eso.