Dice Chateaubriand, hablando de los españoles como soldados, que nuestro empuje en el campo de batalla es irresistible; pero que nos conformamos con arrojar al enemigo de sus posiciones, en las cuales nos tendemos, con el cigarrillo en la boca y la guitarra en las manos, á celebrar la victoria.
Si despojamos á esta pintura del colorido francés que la califica, nos queda en ella un exactísimo retrato del carácter español, no sólo en la guerra, sino en todas las imaginables situaciones de la vida.
Ya que no la guitarra, la pereza nacional nos absorbe los cinco sentidos, y sólo cuando el hambre aprieta, ó la bambolla empuja, ó la curiosidad nos mueve, sacudimos la modorra. Entonces embestimos con el lucero del alba para estar donde él estuvo, medrar de lo que medró y hacer todo cuanto él hizo. Pero de allí no pasamos. Nuestra política, nuestra industria y nuestra literatura contemporáneas lo declaran bien alto. Todo el mundo nos lleva la delantera, y siempre estamos imitando á todo el mundo, menos en andar solos y por delante; vivimos de sus desechos, y cada trapo que le cogemos nos vuelve locos de entusiasmo, como si se hubiera cortado para nosotros. Así estamos llenos de conquistas y de «títulos á la admiración de las naciones extranjeras»; todos somos ilustres estadistas, invictos guerreros, sabios hacendistas, insignes literatos, laboriosos industriales y honrados obreros; hemos tenido códigos á la francesa, códigos á la inglesa, códigos á la americana; revoluciones de todos los matices, reacciones de todas castas, triunfos de todos calibres, progresos de todos tamaños; y á la presente fecha, el ciudadano que tiene camisa propia se cree muy rico; la escasa industria desaparece antes que la Hacienda la devore; los bufos imperan en el teatro; el hijo de Paul de Kock en la novela; los Panchampla en desfiladeros y caminos reales, y la navaja del honrado menestral desbandulla en las plazas públicas, á la luz del mediodía, las víctimas á pares. De manera que quien nos comprara por lo que decimos y nos vendiera por lo que hacemos, buen pelo iba á echar con el negocio. Á hacer cosas nuevas y útiles nos ganará cualquiera; pero á ponderar lo que hacemos no hay quien nos eche la pata, ni á hacerlo mal y fuera de sazón, tampoco.
—Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cervantismo?—preguntará el lector, oliéndole lo dicho á artículo de oposición más que á otra cosa.
—No sé—respondo—por cuál de los lados encajará mejor en el asunto prometido; pero lo cierto es que á las mientes se me ha venido con él y como eslabón de la misma cadena de ideas. Acaso en el cervantismo vea yo algo de la intemperancia, que, entre nosotros, lleva en todo lo demás hasta el ridículo las cosas más serias y respetables; quizá esa manía me ha hecho recordar la tendencia española á perder en escarbar el huerto del vecino, el tiempo que necesitamos para cultivar el propio; quizá me asaltó las mientes el dicho de Chateaubriand pensando en los valientes que conquistan el Quijote, y no pasan de allí, y allí se quedan, rebuscando hasta las polillas, como si ya no hubiera otra cosa que leer ni que estudiar en el mundo; acaso coinciden los dos asuntos por el lado de la facilidad con que pasamos de la apatía al asombro, de la indiferencia al entusiasmo, de la fiebre al delirio... ¡Quién sabe? Pero el hecho existe, y ya no borro lo escrito, aunque el lector me diga que soy uno de tantos como en España malgastan sin fruto la hacienda, echando siempre los garbanzos fuera de la olla... Y vamos al caso.
Y el caso es que ya estaba el mundo cansado de admirar á Cervantes y de reproducir las ediciones del Quijote en todas las lenguas que se hablan sobre la haz de la tierra, y aún eran muy contadas en España las librerías en que se vendiera la obra inmortal del ilustre soldado, que vivió de las limosnas de los próceres y fué enterrado de caridad. Conocíanla los literatos, poseíanla los menos de ellos, y veíase de vez en cuando en los mezquinos estantes de algún particular, al lado de Bertoldo cuyos chistes saboreaba con preferencia la patriarcal familia. Los nombres de don Quijote y Sancho Panza eran populares; pero contadísimas las personas que conocían á estos personajes más que de oídas: teníanlos unas por históricos, las menos por novelescos; pero ni unas ni otras habían oído jamás el nombre del padre que los engendró en su fantasía.
De pronto, ayer, como quien dice, alguien, y no español ciertamente, nos aguija y nos apunta el Quijote con el dedo; sacudimos la tradicional modorra, y allá vamos en tropel, y caemos como espeso granizo sobre la obra señalada; las prensas gimen vomitando ediciones populares del libro insigne, entre los cuadernos de Jaime el Barbudo y Las cavernas del crimen, y aunque las masas de levita siguen prefiriendo estas creaciones para solaz del espíritu, el nombre de Cervantes suena en todas partes y á todas horas, y las plumas y las lenguas ya no saben decir sino «el Cautivo de Argel» y «el Manco de Lepanto».
¡Qué baraúnda! ¡Qué vocerío! Hay hombre, ya con canas, que acaba de leer á saltos el Quijote, y se escandaliza de buena fe al saber que un mozo imberbe no le conoce todavía; otro no le ha visto ni por el forro, y mira con lástima á quien declara noblemente que no ha podido adquirir un ejemplar para leerle... ¡Y cómo abunda esta clase de admiradores!
—«Pero ¡qué hombre!... Pero ¡qué libro!... Pero ¡qué tiempos aquéllos en que se morían de hambre tan preclaros ingenios! Como esa obra no hay otra... El mundo la admira, y España no necesita más que ella para su gloria... ¡Ah, Cervantes! ¡Ah, el Manco de Lepanto!... ¡Ah, el Cautivo de Argel!».
Verdades como puños, enhorabuena; pero que tienen suma gracia dichas por una generación, ya vieja, que no ha reparado en ellas hasta que se las han metido por los ojos; y aun así no las ha visto bien.