—Algo ha habido de eso.

—¡Lo ves?

—¡Eh! ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

—Sí.

—Sí.

—Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado á papá ese hombre, da en visitarnos á todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que á ellos todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar á don Simeón y marear á Mercedes con sus gracias. Á todo esto, no se le ponía muy buena cara á César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Dióse Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que . Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente á don Simeón, que se casa con él muy á gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

—Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue á querer á ese vejestorio.

—Ella lo asegura.

—Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer en seguida...