—Quiero decir—repuso el crítico,—que hasta ahora nadie ha sabido leer el Quijote. No hay tal Dulcinea, ni tal Sancho Panza, ni tales molinos, ni tales yangüeses, ni tal Ínsula Barataria, ni nada de lo que allí aparece tal como suena. El Quijote, en suma, es una alegoría.

—¡Canastos! Y ¿quién se lo ha dicho á usted?

—Me lo han dicho treinta años de estudio incesante de esa obra maravillosa, y lo demuestro en catorce volúmenes de comentarios, que he escrito y tengo en casa esperando un editor que se atreva con ellos.

—¡Tendrán que leer! Y diga usted, señor sabio, ¿qué especie de alegoría es ésa que usted ha visto en el famoso libro?

—Es, como si dijéramos, el siglo XIX hablando en profecía en el siglo XVII; la luz de nuestras libertades columbrada por un ojo sutil, á tan larga distancia; la protesta de un alma generosa contra la cadena de la tiranía y las mazmorras de la Inquisición.

—¡Cáspita! Luego Cervantes...

—Cervantes fué un libre-pensador; un demócrata que nos precedió cosa de tres siglos.

—Pero, hombre, aquellas declaraciones terminantes de neto y fervoroso católico, que á cada instante hace; aquél su único propósito, que jamás oculta, de escribir el Quijote para matar los libros de caballerías...

—No hagan ustedes caso de ello. También dice (no lo niega al menos) que lo de cabalgar Sancho en el Rucio después de habérsele robado Ginés de Pasamonte, fué un lapsus de su memoria, si no descuido del impresor, y, sin embargo, se le ha demostrado todo lo contrario... Á Cervantes hay que saber leerle, desengáñense ustedes.

—Corriente; pero ¿cómo teniendo ese hombre tanto talento no logró hacerse entender de sus lectores?