—Porque temía á la Inquisición y al tirano.
—Callárase entonces, y ahorrárase el riesgo y la fatiga.
—No debía callar, porque había nacido para escribir.
—Pero no alegorías; pues, por las trazas, no le daba el naipe para ellas.
—¡Cómo que no?
—Hombre, me parece á mí que una alegoría que no halla en cerca de tres siglos más que un sabio que la desentrañe, no es cosa mayor que digamos.
—¿Y qué son tres siglos en la vida de la humanidad?
—Trescientos años nada más; y aunque á usted le parezcan pocos, pienso yo que, para desentrañar un libro, sobran de ellos casi todos, aunque el libro esté en vascuence, cuanto más en neto castellano...
No se eche á broma el precedente diálogo, porque es la quinta esencia de las polémicas sostenidas en la prensa, todos los días, por el desenredador único de la supuesta maraña del Quijote, contra los defensores del servum pecus, que no ha visto ni verá jamás en las páginas del áureo libro otra cosa ¡y no es poco, en gracia de Dios! que lo que en ellas se dice y se enseña.
¡Ah! y si al pasar esto—porque ha de pasar como pasan las epidemias y las tempestades—nos viéramos libres de las extravagancias del cervantismo, pudiéramos darnos con un canto en los pechos; pero, no obstante lo impresionables que somos y lo propensos, por ende, á olvidar mañana lo que hoy nos alborota, como el mal deja semillas, éstas germinarán andando los años, y, cuando menos menos, ha de nacer de ellas una raza que, empezando por ver zurcidos en el Quijote, acabe por negar la existencia de su autor.