Todos los grandes hombres van teniendo, en la posteridad, su fama roída por este género de gusanos. Yo no sé qué demonios anda por la mollera de ciertos sabios cuando examinan las obras que admira el mundo, que, no bien las contemplan, cuando ya exclaman: «esto nació ello solo». ¡Como si no fueran más maravillosas estas producciones espontáneas que la existencia de un padre que las engendrara! Á Homero le niega ya el último zarramplín de la crítica, y hay una Escuela antihomérica, á la cual se van arrimando todos los catasalsas del helenismo; se está negando también á Hesiodo, y hasta á Gutenberg y á Dante, y luego se negará la luz del mediodía. Y ¿por qué no? ¿No hay historiador que niega toda autoridad á los cinco siglos de Roma? Y la maña es vieja: cien años hace aseguró el P. Harduino, y hasta intentó probarlo, que todos los libros griegos y latinos, excepción hecha de unos pocos de Cicerón, Plinio, Horacio y Virgilio, habían sido forjados en el siglo XII por una comunidad de frailes.

¡Y qué luz derraman estos sabios negativos en las obscuridades con que van topando en sus investigaciones! ¡Con qué primor reconstruyen lo que derriban de un voleo! Paréceles mucha obra la Ilíada para un hombre solo, de tan remotos siglos; niegan la existencia de Homero fundándose en aquella potísima razón: pregúntaseles entonces cómo se formó ese admirable poema, y responde uno de ellos, Dissen, por ejemplo:

—De la manera más fácil: se reunió una especie de academia de cantores que se propusieron hacer una epopeya; encargóse cada cual de un canto, y el resultado de esta asociación fué la Ilíada.

De modo que nos salen, por esta cuenta, veintiséis Homeros, por lo menos. ¡Y al sabio que los presenta le asombraba, por su grandeza, un Homero solo!

Dos cuartos de lo mismo ocurre con los sabios de otra catadura, cuando nos hablan del Universo. Le niegan un Autor, porque no les cabe en la cabeza la idea de tanto poder, y se le adjudican al átomo, y sudan y se retuercen entre los laberintos de una tecnología convencional y de unos procedimientos fantasmagóricos, para venir á demostrar... que no saben lo que traen entre manos, y que, á pesar de sus humos de gigantes, no pasan de gusanillos de la tierra, como el más indocto de los que en ella moramos.

Por eso creo yo que á los sabios de la crítica les pasa algo grave en la mollera, cada vez que se las han con otras de gran calibre. No diré que este algo, y aun algos, sean tufillos de la envidia; pero tampoco aseguro que lo sean de la caridad.

Volviendo al asunto, digo que nacerá quien niegue la existencia de Cervantes, apoyando el aserto en la autoridad, por supuesto, de otro sabio, necesariamente francés. Este tal habrá descubierto que en el siglo XVII no sabían leer ni escribir en España sino los frailes, á los cuales se debió la traducción, del francés al castellano, de aquel teatro admirable que ha estado pasando tantísimos años por español de pura raza; que los nombres de Lope, Moreto, Tirso, Calderón, etc., etc., no son otra cosa que seudónimos con que se disfrazaban los traductores temiendo á la Inquisición, que prohibía el culto de las bellas letras á la gente de cogulla.—En cuanto al Quijote (seguirá diciendo el sabio de mañana), basta examinarle una vez para convencerse de que no pudo ser la obra de un hombre solo. La novela de Crisóstomo, la de Dorotea y Luscinda, la del Curioso impertinente, la del Cautivo, la del Mozo de mulas, etc., intercaladas violentamente en la primera parte, y desenlazadas, con otros varios sucesos, en la Venta de Juan Palomeque el Zurdo, en una sola noche, lo prueban hasta la evidencia. Esas historias las narrarían los ciegos por las calles al ronco son de la guitarra, ó las recitarían los inquisidores en las tertulias de los señores de horca y cuchillo, mientras las segnoritas y las monjas bailaban el zapateado y el Jaleo de Jerez. Algún fraile ingenioso las recogió, engarzólas en las populares aventuras de un loco legendario, llamado, según doctas pesquisiciones de un bibliómano cochinchino, don Fidalgo de la Manga, y lo publicó todo bajo el rótulo con que se conoce la obra del supuesto Cervantes. Por lo que toca á la segunda parte de la misma, ¿quién ignora que se debe á los frailes Agustinos, que la escribieron en odio al autor de otro Quijote falsificado, al P. Abellaneda, Prior de los Jerónimos del Escorial?

Cosa parecida se dirá de las Novelas ejemplares, del Persiles y la Galatea: tradiciones popularísimas en España, aunque de procedencia francesa, recogidas y dadas á luz por frailes codiciosos que explotaban el prestigio del imaginario Cervantes, hecho célebre desde la aparición de la primera parte del Quijote.

—Pero—seguirá diciendo el futuro bibliófilo francés—¿qué mayor prueba de la no existencia de Cervantes que la que nos dan los cervantistas españoles del siglo XIX, en el que ya comenzaba á leer y escribir la clase media, porque se había secularizado la enseñanza? En el último tercio de aquel siglo no trataron los escritores de España más que de Cervantes, y, sin embargo, no pudieron hallar un solo rastro de su persona. Quién le supuso soldado en Lepanto; quién cautivo en Argel; quién teólogo; quién marino; quién abogado; quién cocinero; quién médico; quién ardiente propagandista de la Reforma; quién afirmó que había nacido en Madrid; quién que en Alcalá; quién que estuvo preso en Argamasilla; quién que en Valladolid; y nada se prueba en limpio, ni nadie supo jamás en qué punto de la tierra descansan sus cenizas. La misma confusión de pareceres se observa en lo relativo al texto primitivo y á la intención generadora de la novela. Cada edición de ella en aquel siglo salía ilustrada por un nuevo comentarista, que quitaba y añadía, á su antojo, frases y períodos, so pretexto de enmendar así los errores tipográficos del impresor Juan de la Cuesta. Esto nos hace creer que el Quijote que salió del siglo XIX no se parece en nada al que, por primera vez, publicaron los frailes del XVII, de cuyas ediciones no ha llegado un solo ejemplar á nuestros días. Afortunadamente, se conservan catorce volúmenes de un literato andaluz de aquella centuria, en cuya obra se pone de manifiesto la verdadera importancia del libro del supuesto Cervantes. El tal libro es una ingeniosísima alegoría, según afirma el intérprete feliz de los catorce volúmenes; y á su parecer nos adherimos, no sin declarar que si el perspicuo andaluz sudó tinta para dar con la clave del enigma, nosotros hemos sudado pez para acomodar nuestro criterio á las angosturas, nebulosidades y retortijones de sus ingeniosos razonamientos. Pero á gimnasias más abstrusas y complicadas nos tiene avezados el intelecto la filosofía alemana; y al influjo de esa ciencia, madre de la actual sabiduría, debemos este descubrimiento portentoso. De modo que bien podemos decir, con otro ingeniosísimo comentarista, contemporáneo del de los catorce volúmenes (el cual comentarista se jactaba de poseer el autógrafo del famoso libro): «Ni Cervantes es Cervantes, ni el Quijote es el Quijote».

Éstos y otros tales dichos del sabio francés de los futuros siglos, llegarán á formar escuela; y esta escuela se acreditará en España; y habrá españoles que se pasarán la vida cotejando el fárrago cervantista del siglo XIX con los asertos de la escuela; y al fin perderán el juicio, y quizás den origen á una nueva orden de cervantistas andantes, que saldrán por el mundo á buscar las aventuras, deshaciendo escolios y enderezando notas al Quijote y á la dudosa vida de su autor, que es cuanto queda ya que ver.