Entre tanto, cosa es que abruma el espíritu la contemplación del cervantismo de nuestros días, malgastando lo mejor de la vida en resobar, sin pizca de respeto, al más ilustre de los nombres y á la más hermosa de las creaciones del humano ingenio; apesta y empalaga ese fervor monomaníaco con que todo el mundo se da hoy á buscar misterios en el fondo del libro, y habilidades en el autor. Debémosle admiración, y es justo que se la tributemos; pero no con cascabeles ni vestidos de payasos. Popularícese el Quijote, y, si es necesario, declárese de texto en las escuelas; pero no el que nos ofrezca, arreglado á su caletre, el cervantismo al uso.
Si las investigaciones hechas por doctos y respetables literatos, desde Navarrete hasta Hartzenbusch, no bastan á poner en claro cuáles son, en las primeras ediciones de Juan de la Cuesta, errores del impresor, y cuáles descuidos de Cervantes, inténtese esa empresa; pero una sola vez y por gentes erigidas en autoridad literaria; y lo que resulte del expurgo, sin más notas que las precisas para aclarar la significación de palabras poco conocidas hoy del vulgo, ó para mostrar los pasajes en que Cervantes parodia escenas y trozos de los libros de caballerías, algo, en suma, de lo que hizo Clemencín (y no digo todo, porque este comentarista cayó también en la impertinente tentación de meterse en pespuntes y reparos gramaticales, como si quisiera enmendar la plana á Cervantes), guárdese como oro en paño y sea el modelo á que se ajusten cuantas ediciones del Quijote se hagan en lo sucesivo; pues el mal no está en que un literato de autoridad y de juicio meta su escalpelo en las páginas del áureo libro, sino el precedente que de ese modo se sienta para que todos nos demos á expurgadores de faltas y á zurcidores de conceptos. Y aun sin este riesgo, ¿qué se saca en limpio de las enmiendas de los doctos, si cada uno de estos señores está tan discorde con las de los demás, como lo están todos ellos con el asendereado Juan de la Cuesta? Y si ya entran por miles las confesadas alteraciones hechas en el texto de las primeras ediciones por esos respetables literatos, ¿qué lector, al poner el dedo sobre una palabra del Quijote, se atreve hoy á asegurar que esta palabra sea de Cervantes y no de alguno de sus correctores? Y ¿quién se atreverá mañana si á la afición reinante no se le ponen trabas?
Volviendo al cervantismo inconsciente é intemperante, digo que no mezcle berzas con capachos, ni confunda tan lastimosamente lo serio con lo bufo. Elévese una estatua en cada plaza pública española al príncipe de nuestros novelistas, y sea cada edición de sus obras un monumento tipográfico; pero, por el amor de Dios, no pidamos fiestas nacionales para cada uno de sus aniversarios, ni nos demos todos á académicos cervantinos, ni estampemos el egregio nombre en desvencijadas diligencias, ni en sociedades de bailes públicos, ni salgamos á la calle con cara de parientes del ilustre difunto, ni asociemos su memoria á todas nuestras debilidades y sandeces. Léase y estúdiese la inmortal obra, que deleite y enseñanzas contiene para doctos é indoctos en todas las edades de la vida; pero no pretenda cada lector imponerse á los demás con el fruto de la tarea; pues cada hombre es un carácter, y, como dijo un insigne escritor, disputando sobre reparos hechos, y no del todo mal, á unas enmiendas suyas al Quijote,
«Cada uno tiene, don Zacarías,
Sus aprensiones y sus manías».
¡Y adónde iríamos á parar si se diera, como se va dando, en la gracia de remendar é interpretar el libro, al tenor de esa suma de aprensiones, y conforme al parecer de cada aprensivo?
Dudo mucho que el Gobierno de la nación permitiera á los aficionados á la arquitectura poner sus manos en determinados detalles artísticos de un monumento público, so pretexto de que así lo quiso el arquitecto, á quien no deben achacarse los errores de los canteros. ¿Ha habido pincel que se atreva á borrar el tercer brazo con que aparece en el Museo uno de los mejores caballos de Velázquez? Antes al contrario, ¿no se lleva el respeto al gran pintor al extremo de hacerse las copias de tal cuadro hasta con ese glorioso arrepentimiento?
¿Por qué no ha de merecernos iguales deferencias y consideraciones el blasón de nuestra nobleza literaria?
Por lo que á mí toca, desde luego aseguro que, si tuviera poder para ello, declaraba el Quijote monumento nacional, y no consentiría, bajo las penas más severas, que se alterara en una sola tilde el texto de la edición que, por los medios indicados, ó por otros análogos que se juzgasen mejores, se hubiera declarado oficial, con todas las solemnidades y garantías apetecibles.
¿Que tiene erratas?... Que las tenga. ¿Que lo del Rucio?... Mejor que mejor. ¿Habrá trastrueque de párrafos, ni razonamientos que valgan lo que dice del caso el mismo Cervantes en la segunda parte de la novela? ¿No son estos descuidos y aquellos arrepentimientos y los otros deslices gramaticales, el mejor testimonio de la frescura y espontaneidad de la obra? ¿O creen los químicos del cervantismo que un libro como el Quijote puede hacerse con regla, compás y tiralíneas?
Si Cervantes hubiera tenido que estar atento á cuantos tiquis-miquis le quieren sujetar sus admiradores; si lo que dijo de herir de soslayo los rayos del sol á su personaje al lanzarse al mundo de las aventuras, lo dijo para que la posteridad no dudara que salía de Argamasilla de Alba y no de otro lugar manchego; si no fueron donaires de su pluma y primores de lengua otros mil pasajes de su libro, sino estudiados disfraces de otros tantos propósitos transcendentales; si cada frase es un jeroglífico y cada nombre un anagrama; si, amén de esto y mucho más, necesitó trabajar con el calendario á la vista, y encarrilar á su caballero por cualquiera de los itinerarios que le han trazado sus comentaristas de hogaño, y conocer á palmos los senderos para no dar con una aventura en martes, cuando, por el cómputo del mapa y del almanaque, podía demostrársele que la fazaña debió tener lugar en miércoles, día de vigilia además, con otros muy curiosos pormenores que el lector habrá visto, tan bien como yo, en escolios, notas y folletos; si á todo esto, y á lo de la cocina, la teología, la jurisprudencia, el protestantismo (!!!), la economía política, etc., etc., etc... y otro tanto más, tuvo que estar atento, repito, el glorioso novelista, más le valiera no haber salido nunca del cautiverio de Argel; que entre escribir un libro con tales trabas, ó arrastrar las de hierro bajo la penca de un moro argelino, aun con el ingenio de Cervantes optara yo por el cautiverio, y saldría mejorado en tercio y quinto.