—¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en cuentos. Además, tal fué la rabia que me dió su descaro, que ni siquiera la escuché. ¿Qué me importa á mí si en casa de usted nunca se come á la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los pañales del último retoño, que está gimiendo á los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta despide á un primo que va á la Isla de Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una mujer así... Como yo la dije: «ésa no es cuenta que hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».
—¿Y eso es todo lo que pasó?
—¿Y cree usted que es poco?
—¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?
—Nada, si á usted le parece...
—Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va usted á ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente... verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra vez.
—Como usted quiera.
Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, á falta de otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con un prójimo á quien apenas conoce, ó le merece pocas simpatías, y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los tontos.
También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice á su vecino:
—¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón, un pico de dos ó más milloncejos...