—Lo dice usted por...
—Chitón, que mira doña Casilda.
Estos personajes son inherentes á toda sociedad, por pequeña que sea; y téngase presente que si hay algo que echar á perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y los últimos que se van.
El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. Á veces apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los de los visitados; pero en seguida desaparece. Alentado por el rumrum de la concurrencia, no falta quien aventure un chiste; mas al punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.
Doña Casilda ha preguntado á una amiga que en dónde hallará buenos lutos para sus niñas.
—Encárguelos usted á París—le responde ésta:—son más baratos y mejores que aquí.
—¡Les hacen tanta falta! Ya se ve, ¡como no contábamos con este golpe! ¡Ayyyyy... qué desgracia!
Estupefacción en la visita; todos suspiran.
Después de algunos instantes de recogimiento, el más atrevido se levanta, da dos vueltas al sombrero entre sus manos, mira en torno de sí como pidiendo parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos, si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos individuos que á la vez se ponen de pie; hacen una profunda reverencia á doña Casilda, dan un apretón de manos á su marido, y con una grave inflexión de pescuezo hacia los que se quedan se largan fuera de la sala.
¡En nuestros días todo se hace con una precisión asombrosa!