En un caso igual, los antiguos se hubieran despedido diciendo «acompaño á ustedes en el sentimiento... Dios les dé á ustedes salud para encomendarle el alma»; á lo cual los herederos contestarían «amén», marchándose los visitantes en la persuasión de haber dicho, al menos, á lo que fueron á la casa mortuoria. ¡Necedad como ella! Cerca de una hora pasaron algunos en casa de doña Casilda, y ni siquiera la dirigieron la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales casos no sirve más que para recrudecer la herida...

Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles igual transformación que si salieran de un sermón de cuaresma; sus lenguas se desatan y sus ojos chispean; parece que quieren vengarse de la violencia en que han vivido durante la visita. El uno llama la atención sobre el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos de su esposo; éste sobre que la cocinera estaba atisbando la escena detrás de las cortinillas; el más cauto se conforma con decir que dineros y calidad, etc., y que ya será algo menos de lo que se dice. Á nadie se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado en la comedia.

Al quedarse solos los herederos cónyuges míranse cara á cara, con una sonrisa que quiere decir «¡qué felices somos!», y volviéndose la espalda mutuamente, se van á saborear á sus anchas el dolor que les ha causado «un golpe tan tremendo».

NOTAS:

[1] Estos cuadros y el que les sigue con el título de ¡Cómo se miente!, aparecen aquí en virtud de lo indicado en la Advertencia que precede al tomo V de estas Obras, de la cual Advertencia, por si el lector no la ha visto ó la ha olvidado ya, debo reproducir y reproduzco en esta Nota el siguiente párrafo:

«Ha llegado el momento de realizar el propósito anunciado en la Advertencia que se estampa en el tomo I de esta colección de mis Obras, y le realizo incluyendo en el presente volumen los cuadros Un marino, Los bailes campestres y El fin de una raza, desglosados, con este objeto, del libro rotulado Esbozos y Rasguños, en el cual aparecerán, en cambio y en su día, Las visitas y ¡Cómo se miente! que hasta ahora han formado parte de las Escenas Montañesas. Por lo que toca á La primera declaración y Los pastorcillos, si algún lector tiene el mal gusto de echar de menos estos dos capítulos en cualquiera de los dos libros, entienda que he resuelto darles eterna sepultura en el fondo de mis cartapacios, y ¡ojalá pudiera también borrarlos de la memoria de cuantos los han conocido en las anteriores ediciones de las Escenas!».

Réstame añadir ahora que si Las visitas y ¡Cómo se miente! no corrieron en aquel arreglo la suerte de La primera declaración y Los pastorcillos, débese únicamente á que son casi los primeros frutos literarios de mi pluma, y los primeros, sin casi, de mi pobre paleta de pintor de costumbres, allá por los años de 1859-60.

Válgales esta razón por excusa de sus muchos defectos, y discúlpeme á mí de la debilidad de considerarlos, con su fealdad y todo, como lo más digno de mi amor de padre, entre la ya larga prole de mi infeliz ingenio.—(Nota del A. en 1887).

¡CÓMO SE MIENTE!