I
—Adiós, señor don Pedro.
—Muy buenos días, don Crisanto. ¿Va usted á misa?
—No, señor: yo la oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo don Plácido, que está en la de nueve, para irnos en seguida á dar nuestro paseo.
—Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho. ¡Ojalá pudiera yo acompañarlos hoy!
—¿Y por qué no? Es domingo, no hay negocios... pero ahora recuerdo que anoche no fué usted al Círculo.
—Estuve bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo... Tengo el chico mayor indispuesto.
—¿De cuidado?
—Hasta ahora no, á Dios gracias; pero como está tan robusto, no sería difícil, si nos descuidáramos, que le sobreviniese alguna fiebre maligna.
—¿Qué es lo que tiene?