—Una indigestión de castañas.
—¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado, don Pedro, que la estación es muy mala: la primavera para los muchachos...
—Por eso precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido y le dejo á usted con él... Adiós, señores.
—Beso á usted la mano, señor don Pedro: que se alivie el chico.
—Pues qué, ¿está enfermo?—preguntó don Plácido, que cogió al vuelo las palabras de don Crisanto.
—Parece que sí.
—¿Cosa de cuidado?
—Me lo sospecho. El origen fué una indigestión de castañas; pero como está tan robusto, le ha sobrevenido una fiebre que ha puesto en cuidado á la familia.
—¡Caramba! ¿Si serán viruelas?
—Oiga usted, es fácil.